El Efecto Boomerang de los Errores de Obama en Honduras, IrŠn, AfganistŠn y PakistŠn

Jul 15 2009 @ 05:52pm
Por: Felipe IV
Publicado en: PolŪtica
Los recientes acontecimientos en Honduras e Ir√°n, que enfrentan a reg√≠menes elegidos democr√°ticamente con actores civiles y militares pro-estadounidenses decididos a derrocarlos, se pueden entender mejor como parte de una estrategia m√°s amplia de la Casa Blanca designada para hacer retroceder (1) los logros de los gobiernos y movimientos de oposici√≥n durante los a√Īos Bush.



Por James Petras

De una manera que recuerda las pol√≠ticas de la Nueva Guerra Fr√≠a de Ronald Reagan, Obama ha aumentado enormemente el presupuesto militar, el n√ļmero de tropas de combate, ha marcado nuevas regiones como objetivo de la intervenci√≥n militar y respaldado golpes militares en regiones tradicionalmente controladas por Estados Unidos. Sin embargo, la estrategia de retroceso de Obama tiene lugar en un contexto interno e internacional muy diferente. A diferencia de Reagan, Obama se enfrenta a una profunda y prolongada recesi√≥n/depresi√≥n, a d√©ficits fiscales y comerciales generalizados, a un papel cada vez menor en la econom√≠a mundial y a una p√©rdida de dominio pol√≠tico en Am√©rica Latina, Oriente Pr√≥ximo, este de Asia y otros lugares. Mientras que Reagan se enfrent√≥ a un decadente r√©gimen comunista sovi√©tico, Obama se enfrenta a una creciente oposici√≥n a escala mundial desde una variedad de reg√≠menes electorales independientes laicos, clericales, nacionalistas, democr√°tico liberales y socialistas, y de movimientos sociales anclados en luchas locales.

La estrategia de retroceso de Obama es evidente desde sus primeras declaraciones en las que prometía reafirmar el dominio (?liderazgo?) estadounidense en Oriente Próximo, su proyección de potencia militar generalizada en Afganistán y de expansión militar a Pakistán, y la desestabilización de regímenes a través una profunda intervención por medio de terceros, como en Irán y Honduras.

El hecho de que Obama persiga la estrategia de retroceso opera en una multifacética política de abierta intervención militar, de operaciones encubiertas a través de la ?sociedad civil? , de una retórica diplomática aparentemente benigna de sutil persuasión que depende en mucho de la propaganda mediática. Los importantes acontecimientos que se están desarrollando actualmente ilustran las políticas de retroceso puestas en marcha.

En Afganist√°n Obama ha m√°s que duplicado el n√ļmero de fuerzas militares estadounidenses que han pasado de 32.000 a 68.000. Durante la primera semana de julio sus comandantes militares emprendieron la mayor ofensiva militar √ļnica desde hace d√©cadas en la provincia del sur afgano de Helmand para desplazar a la resistencia y al gobierno ind√≠gena.

En Pakist√°n el r√©gimen Obama-Clinton-Holbrooke ejerci√≥ con √©xito la m√°ximo presi√≥n sobre el reci√©n instalado r√©gimen cliente de Zedari para emprender una ofensiva militar masiva y hacer retroceder a las fuerzas de la resistencia isl√°mica operativas desde hace mucho tiempo en las regiones fronterizas del noroeste, mientras los drones [aviones teledirigidos] y los comandos de las fuerzas especiales estadounidenses bombardean y asaltan rutinariamente los pueblos y a los dirigentes locales past√ļn sospechosos de apoyar a la resistencia.

En Iraq, el r√©gimen de Obama emprende el rid√≠culo complot de reconfigurar el mapa urbano de Bagdad para incluir bases militares y operaciones estadounidenses, y hacer pasar el resultado por ?retirar las tropas a sus barracas?. La multimilmillonaria inversi√≥n a largo plazo de Obama, su infraestructura militar a larga escala, incluyendo bases, campos de aviaci√≥n e instalaciones, habla de una presencia imperial ?permanente?, no de sus promesas de campa√Īa de una retirada programada. Mientras que ?la puesta en escena? de elecciones fijas entre candidatos que son clientes certificados por Estados Unidos es la norma en Iraq y Afganist√°n, donde la presencia de tropas estadounidenses garantiza una victoria colonial, en Ir√°n y Honduras Washington recurre a operaciones encubiertas para desestabilizar o derrocar a los presidentes en ejercicio que no apoyan las pol√≠ticas de retroceso de Obama.

La operaci√≥n encubierta y no tan visible en Ir√°n encontr√≥ su expresi√≥n en un fracasado desaf√≠o electoral seguido de ?manifestaciones masivas en las calles? centradas en la afirmaci√≥n de que la victoria electoral del anti-imperialista presidente en ejercicio Mahmoud Ahmadinejad fue el resultado de un ?fraude electoral?. Los medios de comunicaci√≥n de masas occidentales desempe√Īaron un papel fundamental durante la campa√Īa electoral al proporcionar una cobertura favorable exclusivamente de la oposici√≥n y aspectos negativos del r√©gimen en ejercicio. Los medios de comunicaci√≥n de masas recubrieron las ?noticias? con propaganda a favor de los manifestantes al presentar selectivamente la cobertura para deslegitimar las elecciones y a los altos cargos electos, y hacerse eco de las acusaciones de ?fraude?. El √©xito de propaganda de la campa√Īa de desestabilizaci√≥n orquestada por Estados Unidos incluso encontr√≥ un eco entre amplias secciones de lo que pasa por la ?izquierda? estadounidense la cual ignora la enorme financiaci√≥n coordinada por Estados Unidos de grupos y pol√≠ticos iran√≠es clave involucrados en las protestas en las calles. ?Periodistas free-lance? neo-conservadores, liberales e izquierdistas itinerantes, como Reese Erlich, defendieron la campa√Īa de desestabilizaci√≥n desde su propio punto de vistas estrat√©gico particular como ?un movimiento democr√°tico popular contra el fraude electoral?.

Los animadores de derecha/izquierda de los proyectos de desestabilización estadounidenses no consideraron varios factores explicativos clave:

1. Por ejemplo, ninguno de ellos habló del hecho de que varias semanas antes de las elecciones un riguroso estudio dirigido por dos encuestadores estadounidenses había revelado unos resultados electorales muy cercanos al resultado real de las elecciones, incluidas las provincias étnicas en las que la oposición afirmó que había habido fraude.

2. Ninguno de los críticos habló de los 400 millones de dólares concedidos por la administración Bush para financiar el cambio de régimen, la desestabilización interna y las operaciones terroristas transfronterizas. Muchos de los estudiantes y de las ONG de la ?sociedad civil? en las manifestaciones recibieron fondos de fundaciones y ONG extranjeras, financiadas a su vez por el gobierno estadounidense.

3. Las acusaciones de fraude electoral se elaboraron despu√©s de que se anunciaran los resultados de las elecciones. Durante todo el periodo previo a las elecciones, especialmente cuando las oposici√≥n cre√≠an que iba a ganarlas, ni los estudiantes que luego se manifestaron ni los medios de comunicaci√≥n de masas occidentales ni los periodistas freelance hablaron de un fraude inminente. Durante todo el d√≠a de las elecciones, con observadores de la oposici√≥n en cada colegio electoral, ni los medios de comunicaci√≥n ni los observadores internacionales y los izquierdistas que apoyaban a la oposici√≥n se√Īalaron que se hubiera intimidado a los votantes o hubiera habido fraude. Los observadores de los partidos de la oposici√≥n estuvieron presentes para controlar todo el proceso de recuento de votos y, sin embargo, s√≥lo con raras excepciones, no hubo entonces afirmaciones de pucherazo. De hecho, excepto una dudosa afirmaci√≥n del periodista free-lance Reese Erlich, ninguno de los medios de comunicaci√≥n del mundo afirm√≥ que hubiera habido m√°s votos de los censados. E incluso se admiti√≥ que las afirmaciones de Erlich se basaban en ?relatos anecd√≥ticos? de fuentes an√≥nimas entre sus contactos en la oposici√≥n.

4. Durante la primera semana de protestas en Teher√°n los dirigentes estadounidenses, los de la Uni√≥n Europea y los israel√≠es no cuestionaron la validez del resultado de las elecciones. En cambio condenaron la represi√≥n de los manifestantes por parte del r√©gimen. Evidentemente, sus bien informados operativos de inteligencia y embajadas proporcionaron una valoraci√≥n m√°s acertada y sistem√°tica de las preferencias de los votantes iran√≠es que la propaganda urdida por los medios de comunicaci√≥n de masas occidentales y los tontos √ļtiles entre la izquierda anglo-estadounidense.

La oposici√≥n electoral y en las calles respaldada por Estados Unidos en Ir√°n fue dise√Īada para llevar al l√≠mite una campa√Īa de desestabilizaci√≥n, con la intenci√≥n de hacer retroceder la influencia iran√≠ en Oriente Pr√≥ximo, minar la oposici√≥n de Teher√°n a la intervenci√≥n militar estadounidense en el Golfo, a su ocupaci√≥n de Iraq y, sobre todo, el desaf√≠o por parte de Ir√°n a la proyecci√≥n de poder militar de Israel en la regi√≥n. Durante a√Īos la pol√≠tica y la propaganda anti-iran√≠ ha estado fuertemente influenciada a diario por toda la configuraci√≥n de poder en favor de Israel existente en Estados Unidos. Esto incluye a 51 presidentes de las principales organizaciones jud√≠as de Estados Unidos con m√°s de un mill√≥n de miembros y varios miles de funcionarios a tiempo completo, multitud de escritores y comentaristas que dominan las p√°ginas de opini√≥n tanto de los influyentes Washington Post, Wall Street Journal, New York Times como de la prensa amarilla.

La pol√≠tica de Obama de hacer retroceder la influencia iran√≠ se bas√≥ en un proceso en dos etapas: apoyar a una coalici√≥n de disidentes del clero, liberales pro-occidentales, disidentes dem√≥cratas y derechistas vicarios de Estados Unidos. Una vez que llegaran el poder, Washington empujar√≠a a los cl√©rigos disidentes a alianzas con sus aliados estrat√©gicos entre los liberales y derechistas pro-occidentales, que entonces cambiar√≠an la pol√≠tica de acuerdo con los intereses imperialistas estadounidenses y coloniales israel√≠es cortando el apoyo a Siria, Hizbola, Ham√°s, Venezuela, la resistencia iraqu√≠ y abrazando a los clientes saud√≠-iraqu√≠-jordanos pro-estadounidenses. En otras palabras, la pol√≠tica de retroceso de Obama est√° dise√Īada para volver a situar a Ir√°n en su alineamiento pol√≠tico anterior a 1979.

La [estrategia] por parte de Obama de hacer retroceder a reg√≠menes electos cr√≠ticos para imponer clientes acomodaticios encuentra otra expresi√≥n en el reciente golpe militar en Honduras. El uso del alto mando del ej√©rcito de Honduras y de los viejos v√≠nculos de Washington con la oligarqu√≠a local, que controla el Congreso y el Tribunal Supremo, facilit√≥ el proceso y obvi√≥ la necesidad de una intervenci√≥n directa estadounidense ?como fue el caso en otras recientes campa√Īas golpistas. A diferencia de Hait√≠ donde hace s√≥lo una d√©cada intervinieron los marines estadounidenses para derrocar al democr√°ticamente elegido Bertrand Aristide y respaldaron abiertamente el fallido golpe contra el presidente Ch√°vez en 2002 y, m√°s recientemente, financiaron el chapucero golpe contra el presidente electo Evo Morales en septiembre de 2008, las circunstancias de la implicaci√≥n estadounidense en Honduras fueron m√°s discretas para posibilitar un ?desmentido cre√≠ble?.

La ?presencia estructural? y los motivos de Estados Unidos en relaci√≥n al derrocado presidente Zelaya son f√°cilmente identificables. Hist√≥ricamente Estados Unidos ha adiestrado y ha tratado con pr√°cticamente todo el cuerpo de oficiales de Honduras y ha mantenido una profunda penetraci√≥n en todos los altos niveles gracias a consultas diarias y a una planificaci√≥n estrat√©gica com√ļn. A trav√©s de su base militar en Honduras los agentes de la inteligencia militar del Pent√°gono mantienen estrechos contactos tanto para llevar a cabo las pol√≠ticas como para seguir la pista de todos los movimientos pol√≠ticos por parte de todos los actores pol√≠ticos. Como Honduras est√° tan fuertemente militarizada ha servido de importante base para la intervenci√≥n militar estadounidense en la regi√≥n: en 1954 se lanz√≥ desde Honduras el golpe con √©xito respaldado por Estados Unidos contra el presidente guatemalteco elegido democr√°ticamente. En 1960 se lanz√≥ desde Honduras la invasi√≥n del exilio cubano orquestada por Estados Unidos. Desde 1981 a 1989 Estados Unidos financi√≥ y adiestr√≥ a m√°s de 20.000 mercenarios de la ?contra? en Honduras que integraban el ej√©rcito de escuadrones de la muerte para atacar al gobierno sandinista nicarag√ľense elegido democr√°ticamente. Durante los primeros siete a√Īos del gobierno de Ch√°vez los reg√≠menes hondure√Īos se aliaron incondicionalmente a Washington en contra del regimen popular de Caracas.

Obviamente, nunca ha habido o podr√≠a haber un golpe militar contra ning√ļn r√©gimen t√≠tere de Estados Unidos en Honduras. La clave del cambio de la pol√≠tica estadounidense en relaci√≥n a Honduras se produjo en 2007-2008 cuando el presidente liberal Zelaya decidi√≥ mejorara las relaciones con Venezuela para asegurar el generoso subsidio de petr√≥leo y la ayuda exterior de Caracas. Posteriormente Zelaya entr√≥ en ?Petro-Caribe?, una asociaci√≥n del Caribe y Centroam√©rica organizada por Venezuela para suministrar petr√≥leo y gas a largo plazo y bajo coste para satisfacer las necesidades de los pa√≠ses miembro. M√°s recientemente, Zelaya se uni√≥ al ALBA, una organizaci√≥n de integraci√≥n regional patrocinada por el presidente Ch√°vez para promocionar m√°s intercambios comerciales e inversiones entre sus pa√≠ses miembro en oposici√≥n al pacto de libre mercado promovido por Estados Unidos conocido como el ALCA.

Dado que Washington considera a Venezuela una amenaza y una alternativa a su hegemon√≠a en Am√©rica Latina, el alineamiento de Zelaya con Ch√°vez en cuestiones econ√≥micas y su postura cr√≠tica respecto a la intervenci√≥n estadounidense lo convirtieron en un objetivo probable de los planificadores de golpes estadounidenses deseosos de convertir a Zelaya en un ejemplo y preocupados por su acceso a las bases militares hondure√Īas, tradicional punto de lanzamiento de su intervenci√≥n en la regi√≥n.

Washington asumi√≥ equivocadamente que un golpe en una peque√Īa ?rep√ļblica bananera? (de hecho, la rep√ļblica bananera original) en Centroam√©rica no provocar√≠a ninguna protesta importante. Creyeron que el ?retroceso? centroamericano servir√≠a de advertencia a otros reg√≠menes con mentalidad independiente en la regi√≥n del Caribe y Centroam√©rica de lo que les espera si se alienan con Venezuela.

La mec√°nica del golpe es bien conocida y p√ļblica: el ej√©rcito hondure√Īo secuestr√≥ al presidente Zelaya y lo ?exili√≥? a Costa Rica, los oligarcas nombraron ?presidente? a uno de los suyos en el Congreso, mientras sus colegas del Tribunal Superior de Justicia proporcionaban un falaz argumento legal.

Los gobiernos de Am√©rica Latina, desde la izquierda a la derecha, condenaron el golpe y reclamaron el restablecimiento del presidente legalmente elegido. El presidente Obama y la secretaria de Estado Clinton, que no estaban dispuestos a renegar de sus clientes, condenaron la violencia sin m√°s especificaciones y pidieron negociaciones entre los poderosos usurpadores y el debilitado presidente en el exilio ?un claro reconocimiento del papel leg√≠timo de los generales hondure√Īos como interlocutores.

Una vez que la Asamblea General de Naciones Unidas condenó el golpe y que la Organización de Estados Americanos (OEA) exigió la restitución de Zelaya, Obama y la secretaria Clinton condenaron finalmente el derrocamiento de Zelaya, aunque se negaron a llamarlo ?golpe?, lo que de acuerdo con la legislación de EEUU habría dado lugar automáticamente a una suspensión total de su paquete anual de ayuda militar y económica (80 millones de dólares) a Honduras. Mientras que Zelaya se reunió con todos los jefes de Estado latinoamericanos, el presidente Obama y la secretaria Clinton le remitieron a un funcionario de rango menor a fin de no debilitar a sus aliados de la Junta de Honduras. Todos los países de la OEA retiraron a sus embajadores, salvo Estados Unidos, cuya embajada comenzó a negociar con la Junta para ver cómo se podría salvar la situación en la que ambos se encontraban cada vez más aislados ?especialmente ante el hecho de la expulsión de Honduras de la OEA.

Que Zelaya regrese finalmente a su puesto o que la Junta respaldada por Estados Unidos contin√ļe en el cargo durante un periodo prolongado de tiempo mientras Obama y Clinton sabotean su regreso inmediato a trav√©s de prolongadas negociaciones, la cuesti√≥n clave de la estrategia de retroceso promovida por Estados Unidos ha sido extremadamente costosa desde el punto de vista diplom√°tico y pol√≠tico.

El golpe en Honduras respaldado por Estados Unidos demuestra que, a diferencia de la década de 1980, cuando el presidente Ronald Reagan invadió Granada y el presidente George Bush (padre) invadió Panamá, la situación y el perfil político de América Latina (y del resto del mundo) han cambiado drásticamente. Entonces los militares y los regímenes pro-estadounidenses de la región aprobaron en general las intervenciones de Estados Unidos y colaboraron; algunos protestaron ligeramente. Hoy en día, el centro-izquierda, e incluso los regímenes electorales de la derecha, se oponen a los golpes militares en cualquier parte [porque los ven] como una amenaza potencial para su propio futuro.

Es igualmente importante que, habida cuenta de la grave crisis econ√≥mica y del aumento de la polarizaci√≥n social, lo √ļltimo que quieren los correspondientes reg√≠menes es un sangrante malestar interno estimulado por crudas intervenciones imperiales de Estados Unidos. Por √ļltimo, las clases capitalistas de los pa√≠ses latinoamericanos de centro-izquierda quieren estabilidad porque pueden cambiar el equilibrio de poder a trav√©s de las elecciones (como en los recientes casos de Panam√° y Argentina) y los reg√≠menes militares favorables a Estados Unidos pueden alterar sus crecientes lazos comerciales con China, Oriente Pr√≥ximo y Venezuela/Bolivia.

La estrategia de retroceso global de Obama incluye la construcci√≥n de bases de misiles en Polonia y la Rep√ļblica Checa, no muy lejos de la frontera con Rusia. Obama est√° empujando fuerte para incorporar a Ucrania y a Georgia en la OTAN, lo que aumentar√° la presi√≥n militar de Estados Unidos en el flanco sur de Rusia. Aprovechando la ?plasticidad? del presidente ruso Dimitry Medvedev (siguiendo las huellas de Mikail Gorbechov), Washington se ha asegurado el libre paso de tropas y armamento estadounidenses a trav√©s de Rusia hasta el frente afgano; la aprobaci√≥n de Mosc√ļ de nuevas sanciones contra Ir√°n, y reconocimiento y apoyo al r√©gimen tutelado de EEUU en Bagdad. Los responsables de Defensa rusos cuestionar√°n probablemente el obsequioso comportamiento de Medvedev en cuanto Obama avance en su proyecto de estacionar misiles nucleares a cinco minutos de Mosc√ļ.

Hacer retroceder: fallos predecibles y efecto boomerang

La estrategia de retroceso de Obama cuenta con un renacimiento de políticas derechistas de masas para legitimar la reafirmación del dominio estadounidense. A lo largo de 2008 en Argentina cientos de miles de manifestantes de clase media y baja salieron a las calles en el interior del país bajo la dirección de las asociaciones de grandes terratenientes pro-estadounidenses para desestabilizar el régimen de centro-izquierda de Fernández. En Bolivia, cientos de miles de estudiantes de clase media, empresarios, propietarios y afiliados a ONG, tomaron Santa Cruz y otras cuatro provincias ricas y, bien financiados por el embajador Goldberg, por la Agencia para el Desarrollo Internacional y la Donación Nacional para la Democracia se lanzaron a las calles, generando el caos y asesinando a 30 indígenas seguidores del presidente Morales en un intento de expulsarle del poder. Similares manifestaciones masivas de derechas han tenido lugar en el pasado en Venezuela y más recientemente en Honduras y en Irán.

La idea de que las manifestaciones masivas de sectores acomodados gritando ?democracia? da legitimidad a los intentos deslegitimadores de EEUU contra sus adversarios democráticamente elegidos es una idea promulgada por cínicos propagandistas en los medios de comunicación y repetida como loros por crédulos y ?progresistas? periodistas free-lance que nunca han entendido los fundamentos de clase en la política de masas.

El golpe hondure√Īo de Obama y el esfuerzo de desestabilizaci√≥n financiado por Estados Unidos en Ir√°n tienen mucho en com√ļn. Ambos tienen lugar en contra de los procesos electorales en los que los cr√≠ticos de las pol√≠ticas de Estados Unidos derrotaron a las fuerzas sociales favorables a Washington. Habiendo perdido la ?opci√≥n electoral?, la estrategia de retroceso de Obama trata de que la pol√≠tica extraparlamentaria de masas legitime los intentos de la elite para hacerse con el poder: en Ir√°n a trav√©s de cl√©rigos disidentes, y en Honduras por los generales y oligarcas.

Tanto en Honduras como en Irán, los objetivos de la política exterior de Washington eran los mismos: hacer retroceder a los regímenes cuyos dirigentes rechazaron la tutela de Estados Unidos. En Honduras, el golpe sirve de ?lección? para intimidar a otros países centroamericanos y del Caribe que se han salido de la órbita de Estados Unidos y se han unido a los programas de integración económica encabezados por Venezuela. El mensaje de Obama es claro: esos movimientos tendrán como resultado el sabotaje orquestado de Estados Unidos y sus represalias.

A través de su apoyo al golpe militar, Washington recuerda a todos los países de América Latina que Estados Unidos todavía tiene capacidad para aplicar sus políticas a través de las elites militares latinoamericanas, a pesar de que sus propias fuerzas armadas están atadas de pies y manos en guerras y ocupaciones en Asia y Oriente Próximo, y de que su presencia económica esté disminuyendo. Del mismo modo, en Oriente Próximo, la desestabilización del régimen iraní por parte de Obama está destinada a intimidar a Siria y a otros críticos de la política imperial de Estados Unidos, y a tranquilizar a Israel (y a quienes configuran el poder sionista en Estados Unidos) respecto a que Irán sigue ocupando un lugar importante en su agenda de retrocesos.

La pol√≠tica de Obama de hacer retroceder sigue los pasos, en muchos sentidos cruciales, del presidente Ronald Reagan (1981-1989). Al igual que Reagan, la presidencia de Obama tiene lugar en un momento de retirada estadounidense, de disminuci√≥n de poder y de avance de la pol√≠tica anti-imperialista. Reagan hizo frente a las secuelas de la derrota de Estados Unidos en Indochina, al √©xito de la difusi√≥n de las revoluciones anti-coloniales en el sur de √Āfrica (especialmente Angola y Mozambique), al √©xito de la rebeli√≥n democr√°tica en Afganist√°n, a una victoriosa revoluci√≥n social en Nicaragua y a grandes movimientos revolucionarios en El Salvador y Guatemala. Al igual que hoy Obama, Reagan puso en marcha una estrategia militar asesina para hacer retroceder estos cambios a fin de socavar, desestabilizar y destruir a los adversarios del imperio de Estados Unidos.

Obama se enfrenta a un conjunto similar de condiciones adversas en la actual era post-Bush: avances democr√°ticos en toda Am√©rica Latina con nuevos proyectos de integraci√≥n regional que excluyen a Estados Unidos; derrotas y estancamientos en Oriente Pr√≥ximo y en Asia meridional; una proyecci√≥n de poder ruso reactivado y fortalecido en las rep√ļblicas ex?sovi√©ticas; la disminuci√≥n de la influencia de Estados Unidos en los compromisos militares de la OTAN; una p√©rdida de credibilidad pol√≠tica, econ√≥mica, militar y diplom√°tica como resultado de la depresi√≥n econ√≥mica mundial inducida por Wall Street y la prolongaci√≥n sin √©xito de guerras regionales.

Al contrario que la de Obama, la estrategia de retroceso de Ronald Reagan tuvo lugar bajo circunstancias favorables. En Afganistán, Reagan consiguió el apoyo de todo el mundo musulmán conservador y operó a través de los feudales dirigentes tribales afganos, que resultaron ser clave, contra un régimen reformista, de base urbana y respaldado por los soviéticos en Kabul. Obama está en la posición inversa en Afganistán. La vasta mayoría de los afganos y la inmensa mayoría de la población musulmana en Asia se oponen a su ocupación militar.

La estrategia de retroceso de Reagan en Centroamérica, especialmente su invasión mercenaria de la Contra en Nicaragua, contó con el apoyo de Honduras y de todas las dictaduras militares pro-estadounidenses en Argentina, Chile, Bolivia y Brasil, así como de los gobiernos civiles de derechas de la región. En contraste, el golpe de reversión de Obama en Honduras y en el exterior se enfrenta con regímenes electorales democráticos en toda la región, una alianza de regímenes nacionalistas de izquierda encabezada por Venezuela y organizaciones regionales económicas y diplomáticas firmemente opuestas a cualquier retroceso a la dominación y a la intervención de Estados Unidos. La estrategia de retroceso de Obama se halla ante un absoluto aislamiento político en toda la región.

La pol√≠tica de hacer retroceder de Obama no puede ejercer la ?mano dura? econ√≥mica para obligar a los reg√≠menes en Oriente Pr√≥ximo y Asia a que apoyen sus pol√≠ticas. Ahora existen mercados asi√°ticos alternativos, inversiones extranjeras de China, la profundizaci√≥n de la depresi√≥n estadounidense y la desinversi√≥n en el exterior de bancos y multinacionales de Estados Unidos. A diferencia de Reagan, Obama no puede combinar la zanahoria econ√≥mica con el palo militar. Obama tiene que recurrir a la opci√≥n militar menos eficaz y menos costosa en un momento en que el resto del mundo no tiene ning√ļn inter√©s ni voluntad de proyectar poder militar en regiones de escasa importancia econ√≥mica o a cuyos mercados se puede acceder a trav√©s de acuerdos econ√≥micos.

El lanzamiento de la estrategia global de retroceso de Obama ha tenido un efecto boomerang incluso en su fase inicial. En Afganist√°n, la gran acumulaci√≥n de tropas y la ofensiva masiva contra las plazas fuertes de los ?talib√°n? no ha dado lugar a grandes victorias militares, ni siquiera a enfrentamientos. La resistencia se ha retirado, mezclada con la poblaci√≥n local, y probablemente recurra a una guerra de desgaste prolongada, descentralizada y a peque√Īa escala, dise√Īada para comprometer a varios miles de efectivos militares en un mar hostil de afganos, sangrando la econom√≠a de Estados Unidos, aumentando sus bajas sin resolver nada y, eventualmente, probando la paciencia de la opini√≥n p√ļblica estadounidense profundamente inmersa en la actualidad en las p√©rdidas de puestos de trabajo y en la r√°pida disminuci√≥n del nivel de vida.

El golpe llevado a cabo por los militares hondure√Īos y respaldado por Estados Unidos ya ha reafirmado el aislamiento pol√≠tico y diplom√°tico estadounidense en el Hemisferio. El r√©gimen de Obama es el √ļnico de los pa√≠ses importantes que ha mantenido a su embajador en Honduras, el √ļnico pa√≠s que se niega a considerar el golpe militar como un ?golpe?, y el √ļnico que mantiene la ayuda econ√≥mica y militar. M√°s que establecer un ejemplo del poder de Estados Unidos para intimidar a los pa√≠ses vecinos, el golpe ha reforzado la convicci√≥n entre todos los pa√≠ses de Sudam√©rica y Centroam√©rica de que Washington est√° tratando de volver a los ?viejos malos tiempos? de reg√≠menes militares pro-estadounidenses, al saqueo econ√≥mico y a los mercados monopolizados.

Lo que los asesores de política exterior de Obama no han logrado entender es que no pueden poner a sus ?Humpty Dumpty?(2) juntos de nuevo; que no pueden volver a la época de [la estrategia de] retroceso de Reagan, de los bombardeos unilaterales contra Iraq, Yugoslavia y Somalia, de Clinton, ni a su saqueo de América Latina.

Ninguna región, país o alianza de importancia seguirá a Estados Unidos en su ocupación colonial armada en países de la periferia (Afganistán/Pakistán) o incluso centrales (Irán) aunque se unan a Estados Unidos en las sanciones económicas, las guerras y los esfuerzos de desestabilización electoral en contra de Irán.

Ning√ļn pa√≠s latinoamericano tolerar√° otro golpe militar de Estados Unidos contra un presidente democr√°ticamente elegido, incluso los reg√≠menes nacionales populistas que divergen de la pol√≠tica econ√≥mica y diplom√°tica estadounidense. El gran temor y el horror ante el golpe respaldado por Estados Unidos se deriva del recuerdo por parte de toda la clase pol√≠tica latinoamericana de la pesadilla de los a√Īos de dictaduras militares apoyadas por Estados Unidos.

La ofensiva militar de Obama, su estrategia de hacer retroceder para recuperar el poder imperial, est√° acelerando el declive de la Rep√ļblica Estadounidense. El aislamiento de su administraci√≥n se pone cada vez m√°s de manifiesto por su dependencia de los ?Israel primero? que ocupan su administraci√≥n y el Congreso, as√≠ como los influyentes expertos pro-israel√≠es en los medios de comunicaci√≥n que identifican el retroceso con la propia confiscaci√≥n de tierras palestinas por parte de Israel y las amenazas militares a Ir√°n.

El retroceso tiene efecto boomerang. En vez de recuperar la presencia imperial, Obama ha sumergido la Rep√ļblica y, con ella, al pueblo estadounidense en una mayor miseria e inestabilidad.

*****

.(*)James Petras es especialista de la política sionista estadounidense y analista de la prensa judía israelí y estadounidense. Es también autor de Zionism, Militarism and the Decline of US Power, Clarity Press 2008.

Los libros m√°s recientes de lames Petras son Whats Left in Latin America, del que es co-autor junto con Henry Veltmeyer (Ashgate press 2009) y Global Depression and Regional Wars (Clarity press 2009 ?agosto)

(**)Traducido para Rebelión por Beatriz Morales Bastos y Loles Oliván.

(1) N de las t.: El t√≠tulo en ingles reza: ?Obama's Rollback Strategy: Honduras, Iran, Pakistan, Afghanistan (and the Boomerang Effect)? en el que ?rollback? se utiliza con el significado que adquiri√≥ durante el periodo de la Guerra Fr√≠a y, seg√ļn el autor, ?en el sentido de hacer retroceder, revertir o volver a una situaci√≥n previa para recuperar espacios pol√≠ticos perdidos a partir de la derrota de los que previamente ganaron?.

(2) N. de las t.: Humpty Dumpty es una famosa canción infantil en el mundo anglosajón. La cita hace referencia a lo que el autor dice a continuación, que Obama no puede reconstruir el pasado.




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