Revolucionario Fracaso de la CIA y la Mossad Israelita en Egipto

Feb 22 2011 @ 03:53am
Por: Felipe IV
Publicado en: PolŪtica
Los movimientos de masas que obligaron a la retirada de Mubarak revelan a la vez la fortaleza y las debilidades de los levantamientos espont√°neos.



Por James Petras

Los límites de los movimientos sociales

Por una parte, los movimientos sociales han demostrado su capacidad para movilizar a cientos de miles de personas, quizás millones, en una exitosa lucha sostenida que culminó con el derrocamiento del dictador de una manera que los partidos de oposición y las personalidades preexistentes no pudieron o no quisieron hacer.

En cambio, por otra parte, a falta de un liderazgo político nacional, los movimientos no fueron capaces de tomar el poder político y hacer realidad sus demandas, lo que permitió a los altos mandos militares de Mubarak tomar el poder y definir el post mubarakismo, garantizando la continuidad de la subordinación de Egipto a los EE.UU., la protección de la riqueza ilícita del clan Mubarak (70 millones de dólares), el mantenimiento de las numerosas empresas en propiedad de la élite militar y la protección de las clases altas.

Los millones de personas movilizados por los movimientos sociales para derrocar a la dictadura han sido excluidos en la pr√°ctica por la nueva junta militar, autoproclamada "revolucionaria", a la hora de definir las instituciones y las pol√≠ticas, por no hablar de las reformas socioecon√≥micas necesarias para atender las necesidades b√°sicas de la poblaci√≥n (el 40% de la poblaci√≥n vive con menos de dos d√≥lares al d√≠a y el desempleo juvenil asciende a m√°s de 30%). Egipto, como en el caso de los movimientos sociales y estudiantiles populares contra las dictaduras de Corea del Sur, Taiw√°n, Filipinas e Indonesia, es una demostraci√≥n de que la falta de una organizaci√≥n pol√≠tica de √°mbito estatal permite que personajes neoliberales y conservadores "de oposici√≥n" reemplacen al r√©gimen. Estos personajes proceden a establecer un r√©gimen electoral que contin√ļe sirviendo a los intereses imperiales dependientes y defienda el aparato estatal existente. En algunos casos, sustituyen a los viejos compinches capitalistas por otros de nuevo cu√Īo.

No es casual que los medios de comunicaci√≥n alaben la "espont√°nea" naturaleza de las luchas (no las demandas socioecon√≥micas) y presenten bajo una luz favorable el papel de los militares (sin tener en cuenta los 30 a√Īos en los que han sido un baluarte de la dictadura). Las masas son alabadas por su "hero√≠smo" y los j√≥venes por su "idealismo", pero en ning√ļn caso se les reconoce como actores pol√≠ticos centrales en el nuevo r√©gimen. Una vez ca√≠da la dictadura, los militares y la oposici√≥n electoralista "celebraron" el √©xito de la revoluci√≥n y se movieron r√°pidamente para desmovilizar y desmantelar el movimiento espont√°neo, con el fin de dar paso a las negociaciones entre los pol√≠ticos liberales electoralistas, Washington y la √©lite militar en el poder.

Mientras la Casa Blanca puede tolerar o incluso fomentar movimientos sociales que conduzcan al derrocamiento ("sacrificio") de las dictaduras, tienen todo el interés en preservar el Estado. En el caso de Egipto, el principal aliado estratégico del imperialismo de EE.UU., no es Mubarak, es el ejército, con el que Washington ha estado en constante colaboración antes, durante y después del derrocamiento de Mubarak, asegurándose que la "transición" a la democracia (sic) garantice la permanente subordinación de Egipto a los intereses y las políticas para Oriente Próximo de EE.UU. e Israel.

La rebelión del pueblo: los fracasos de la CIA y el Mossad

La revuelta árabe demuestra una vez más varios fallos estratégicos en instituciones tan cacareadas como la policía secreta, las fuerzas especiales y las agencias de inteligencia de EE.UU., así como en el aparato estatal israelí, ninguno de los cuales fue capaz de prever, no digamos ya intervenir, para evitar esta exitosa movilización e influir en las políticas de sus gobiernos hacia los gobernantes lacayos que estaban en peligro.

La imagen que la mayor√≠a de escritores, acad√©micos y periodistas proyectan de la imbatibilidad del Mossad israel√≠ y de la omnipotente CIA ha sido sometida a una dura prueba, con su fracaso en reconocer el alcance, la profundidad y la intensidad del movimiento de millones de personas que ha derrocado la dictadura de Mubarak. El Mossad, orgullo y alegr√≠a de los productores de Hollywood, presentado como un "modelo de eficiencia" por sus bien organizados compa√Īeros de viaje sionistas, no fue capaz de detectar el crecimiento de un movimiento de masas en un pa√≠s vecino. El primer ministro israel√≠, Benjamin Netanyahu, se mostr√≥ sorprendido (y consternado) por la precaria situaci√≥n de Mubarak y el colapso de su cliente √°rabe m√°s prominente, precisamente a causa de errores de inteligencia del Mossad. Del mismo modo, a Washington, con sus 27 organismos de inteligencia adem√°s del Pent√°gono, lo pillaron desprevenido, a pesar de los centenares de miles de agentes pagados y sus presupuestos de miles de millones de d√≥lares, los masivos levantamientos populares y los movimientos emergentes.

Varias observaciones teóricas se imponen. Se ha demostrado que la idea de unos gobernantes ferozmente represivos que reciben miles de millones de dólares de ayuda militar de EE.UU. y que cuentan con cerca de un millón de policías, militares y paramilitares para garantizar la hegemonía imperial no es infalible. La suposición de que mantener vínculos a gran escala y largo plazo con tales gobernantes dictatoriales salvaguarda los intereses imperiales de EE.UU. ha sido refutada.

El globo de la arrogancia de Israel y la presunción de superioridad judía en materia de organización, estrategia y política sobre "los árabes", ha sido seriamente pinchado. El Estado de Israel, sus expertos, sus agentes encubiertos y sus académicos de las mejores universidades estadounidenses permanecieron ciegos a las realidades emergentes, ignorantes de la profundidad del descontento e impotentes para evitar la oposición masiva a sus clientes más valiosos. Los publicistas de Israel en EE.UU., que no suelen resistirse a cualquier oportunidad de glosar la "brillantez" de las fuerzas de seguridad de Israel tanto si se trata de asesinar a un líder árabe en Líbano o Dubai o bombardear una instalación militar en Siria, se quedaron temporalmente sin habla.

La ca√≠da de Mubarak y el posible surgimiento de un gobierno independiente y democr√°tico significar√≠an que Israel podr√≠a perder su principal aliado policial. Una opini√≥n p√ļblica democr√°tica no va a cooperar con Israel en el mantenimiento del bloqueo de Gaza ni condenar a los palestinos a morir de hambre para quebrar su voluntad de resistir. Israel no podr√° contar con un gobierno democr√°tico para respaldar sus violentas ocupaciones de tierras en Cisjordania y su r√©gimen t√≠tere palestino. Tampoco podr√≠a contar EE.UU. con un Egipto democr√°tico para respaldar sus intrigas en L√≠bano, sus guerras en Iraq y Afganist√°n o sus sanciones contra Ir√°n. Por otra parte, el levantamiento de Egipto ha servido de ejemplo para otros movimientos populares contrarios a otras dictaduras clientes de EE.UU. en Jordania, Yemen y Arabia Saud√≠. Por todas estas razones, Washington apoy√≥ el golpe militar con el fin de dar forma a una transici√≥n pol√≠tica de acuerdo con su gusto y sus intereses imperiales.

El debilitamiento del principal pilar del poder imperial de EE.UU. y del poder colonial israel√≠ en el Norte de √Āfrica y Oriente Pr√≥ximo ponen de manifiesto el papel esencial de los reg√≠menes colaboradores del Imperio. El car√°cter dictatorial de estos reg√≠menes es un resultado directo del papel que desempe√Īan en defensa de los intereses imperiales. Y los grandes paquetes de ayuda militar que corrompen y enriquecen a las √©lites dominantes son las recompensas por su buena disposici√≥n a colaborar con los estados imperiales y coloniales. Dada la importancia estrat√©gica de la dictadura egipcia, ¬Ņc√≥mo explicar el fracaso de las agencias de inteligencia de EE.UU. e Israel para anticipar las revueltas?

Tanto la CIA como el Mossad colaboraron estrechamente con los servicios secretos de Egipto y se basaron en ellos para su informaci√≥n, confiando en sus conformistas informes, seg√ļn los cuales todo estaba bajo control. Los partidos de oposici√≥n son d√©biles, est√°n diezmados por la infiltraci√≥n y la represi√≥n, sus militantes languidecen en la c√°rcel o sufren fatales "ataques al coraz√≥n" a causa de severas "t√©cnicas de interrogatorio", afirmaban. Las elecciones fueron manipuladas para elegir a los clientes de EE.UU. e Israel, de modo que no hubiera sorpresas democr√°ticas en el horizonte inmediato o a medio plazo.

Los servicios secretos egipcios son entrenados y financiados por agentes israelíes y estadounidenses, y tienen una natural tendencia a complacer la voluntad de sus amos. Eran tan obedientes para producir informes que complacieran a sus mentores, que ignoraban cualquier información sobre un creciente malestar popular o la agitación vía Internet. La CIA y el Mossad estaban tan incrustados en el vasto aparato de seguridad de Mubarak que fueron incapaces de obtener cualquier otra información sobre los movimientos populares, descentralizados y florecientes, todos ellos movimientos independientes de la oposición electoral tradicional que controlaban.

Cuando los movimientos de masas extraparlamentarios estallaron, el Mossad y la CIA contaban con el aparato estatal de Mubarak para tomar el control a través de la típica operación de la zanahoria y el palo: dar concesiones simbólicas transitorias y sacar a la calle al ejército, la policía y los escuadrones de la muerte. A medida que el movimiento crecía de decenas de miles a cientos de miles y a millones de personas, el Mossad y los principales congresistas estadounidenses partidarios de Israel instaban a Mubarak a "aguantar". La CIA se limitó a presentar a la Casa Blanca los perfiles políticos de funcionarios militares fiables y de personajes políticos flexibles, "de transición", dispuestos a seguir los pasos de Mubarak. Una vez más, la CIA y el Mossad demostraron su dependencia del aparato estatal egipcio para conseguir información sobre quién podría representar una alternativa viable pro estadounidense e israelí, haciendo caso omiso de las exigencias elementales de las masas. El intento de cooptar a la vieja guardia electoralista de los Hermanos Musulmanes a través de negociaciones con el vicepresidente general Omar Suleiman fracasó, en parte debido a que los Hermanos Musulmanes no tenían el control del movimiento y en parte debido a que Israel y sus seguidores estadounidenses se opusieron. Por otra parte, el ala juvenil de los Hermanos presionó para que la organización se retirara de las negociaciones.

Los fallos en materia de inteligencia complicaron los esfuerzos de Washington y Tel Aviv de sacrificar el r√©gimen dictatorial para salvar el Estado: ni la CIA ni el Mossad ten√≠an v√≠nculos con ninguno de los nuevos l√≠deres emergentes. Los israel√≠es no pudieron hallar ning√ļn "nuevo rostro" que tuviera un seguimiento popular y que estuviera dispuesto a desempe√Īar el poco decoroso papel de colaborador de la opresi√≥n colonial. La CIA hab√≠a estado totalmente comprometida en el uso de los servicios secretos egipcios para torturar a sospechosos de terrorismo (las "entregas extraordinarias") y en la vigilancia de los pa√≠ses √°rabes vecinos. Como resultado, tanto Washington como Israel buscaron y promovieron el golpe militar para adelantarse a una mayor radicalizaci√≥n.

En √ļltima instancia el fracaso de la CIA y el Mossad para detectar y prevenir el surgimiento del movimiento democr√°tico popular pone de manifiesto la precariedad de las bases del poder imperial y colonial. A largo plazo, no son las armas, los miles de millones de d√≥lares, la polic√≠a secreta, ni las c√°maras de tortura las que deciden la historia. Las revoluciones democr√°ticas se producen cuando la gran mayor√≠a de un pueblo se alza y dice "basta", toma las calles, paraliza la econom√≠a, desmantela el Estado autoritario y exige libertad e instituciones democr√°ticas sin la tutela imperial o la sumisi√≥n colonial.

Traducido para Rebelión por S. Seguí

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