La doctrina estratégica de los Bush

Sep 11 2008 @ 07:29pm
Por: Felipe IV
Publicado en: Política


El 11 de septiembre de 1990, George Bush padre presentaba al Congreso su visión de un «nuevo orden mundial» dominado únicamente por Estados Unidos. Poco después, dejaba en manos de Dick Cheney y Paul Wolfowitz la tarea de teorizar sobre esa doctrina y de determinar sus consecuencias diplomáticas y militares. Interrumpido por el paréntesis del mandato Clinton, este proceso ideológico se reinició después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y se completó con la publicación por George Bush hijo de la Estrategia Nacional de Seguridad, el 11 de septiembre de 2002.

El 11 de septiembre de 1990, o sea pocos días después que Irak invadiera Kuwait, el presidente George H. W. Bush (el padre) pronuncia un discurso programado con mucha antelación ante las dos cámaras del Congreso.

El discurso se transmite en vivo por radio y televisión. El texto, originalmente dedicado a los problemas presupuestarios, había sido profundamente modificado en función de la coyuntura. Su principal objetivo era definir la visión estadounidense del «Nuevo Orden Mundial».

El presidente comienza de manera lírica: «Nos encontramos hoy ante un momento único y extraordinario. La crisis del Golfo Pérsico, por grave que sea, ofrece una rara ocasión de avanzar hacia un periodo histórico de cooperación. De estos tiempos confusos puede emerger nuestro (...) objetivo: un nuevo orden mundial, una nueva época, más libre de amenazas y de terror, más fuerte en la búsqueda de la justicia y más segura en la búsqueda de la paz, una era en la que las naciones del mundo -Este y Oeste, Norte y Sur- puedan prosperar y vivir en armonía.

...Una centena de generaciones ha buscado ese desconocido camino hacia la paz, mientras que miles de guerras se desencadenaban contra los esfuerzos de la humanidad. Hoy, ese mundo nuevo lucha por nacer, un mundo distinto del que hemos conocido. Un mundo donde el Estado de derecho tome el lugar de la ley de la selva. Un mundo en que las naciones reconozcan su responsabilidad compartida hacia la libertad y la justicia.

...Un mundo donde el fuerte respete los derechos del débil. Es una visión que he compartido con el presidente Gorbatchov (...). Él y otros líderes en Europa, en el Golfo y en todas partes del mundo comprenden que la manera en que tratemos la actual crisis puede dar forma al futuro para las generaciones venideras.»

George H. W. Bush aborda después las cosas serias: es justamente porque no existe ya ningún enemigo amenazante, solamente algunos adversarios en el Tercer Mundo, que hay que mantener el esfuerzo armamentista. «Este mes, el Congreso debe adoptar un prudente programa plurianual de defensa que tenga en cuenta no solamente la mejoría de las relaciones Este-Oeste sino también nuestras responsabilidades más amplias ante los riesgos persistentes de violaciones del derecho internacional y de conflictos regionales.

Incluso con nuestras obligaciones en el Golfo, un sano presupuesto de defensa puede ser reducido en términos constantes, y estamos dispuestos a aceptarlo. Pero ir más allá de ese nivel en el que los recortes presupuestarios amenazarían nuestro margen de maniobra es algo que no aceptaré nunca. El mundo sigue siendo peligroso. Y, ahora está claro, la estabilidad no está asegurada.

Los intereses norteamericanos no están garantizados. La interdependencia ha aumentado. Las consecuencias de una inestabilidad regional pueden ser globales. No es momento para poner en peligro la capacidad de Norteamérica de proteger sus intereses vitales.»

La utopía de Gorbatchov en cuanto a un mundo pacificado, nacido de un arreglo entre las naciones, se substituye así por el concepto de un «nuevo orden» en el cual el derecho internacional no es ya fruto de un consenso sino una regla impuesta por las fuerzas armadas de los Estados Unidos de América. Desde el punto de vista norteamericano, ese acto de prestidigitación es legítimo.

Se trata, en definitiva, del proyecto mesiánico de los padres fundadores de la Norteamérica que prevalece ante el proyecto de los comunistas. El momento ha llegado para esta nación que obedece a Dios («A nation under God») de hacer valer su valor económico y su poderío militar para expandir “Su Ley” por el resto del mundo. Por cierto, en el sello de Estados Unidos, que aparece en los billetes de un dólar, se puede leer la divisa «Novas ordo seculorum» (el nuevo orden para los siglos).

De manera más prosaica, esta es también la divisa de la universidad de Yale y de una asociación de sus ex-estudiantes: la Orden de los Skull & Bones (Cráneo y Hueso). Este club ultra-selecto, limitado a los varones blancos y organizado como una sociedad donde no solamente se inician a sus pupilos, sino que transmite también a sus miembros una visión elitista del mundo. Más firmemente que los demás alumnos de la universidad de Yale, los Skull & Bones -de los que ha formado parte la dinastía Bush- creen que su misión es encarnar un «nuevo orden».

En una primera fase, pareció que George H. W. Bush entendía el «nuevo orden» como una regulación de las relaciones internacionales mediante organizaciones intergubernamentales en las que Estados Unidos jugaría un papel privilegiado. Los cuestiones políticas estarían a cargo de la ONU, les problemas económicos y financieros a cargo del FMI y el Banco Mundial, etc.

Esta visión de las cosas era la que predicaba el club de los dirigentes estadounidenses intervencionistas, el Consejo de Relaciones Exteriores (Council for Foreign Relations) en el que George Bush fue administrador. Aunque respondía a la Constitución norteamericana, esta visión no correspondía a la de una parte de la opinión pública, fiel a la tradición de Thomas Jefferson, según la cual los tratados internacionales comprometen a los Estados entre sí pero no pueden reemplazar las leyes nacionales.

El secretario de Defensa Dick Cheney animó a George H. W. Bush, que le parecía demasiado vacilante, a ir más lejos. Estados Unidos debía aprovechar que los soviéticos abandonaban la carrera armamentista y establecer su propio dominio único sobre el resto del mundo.

Las organizaciones internacionales no jugarían el papel de árbitros bajo la defensa de Estados Unidos sino que serían simples correas de transmisión de la política de Washington. Para garantizar esa paz imperial -la Pax Americana-, el Pentágono debía dotarse de las fuerzas necesarias para poder hacer frente a todas las eventualidades e intervenir en todos los frentes.

Para apoyar su punto de vista, Cheney ordenó la realización de dos estudios: uno para evaluar las amenazas existentes, tanto para los intereses vitales de Estados Unidos como para la paz mundial, y otro sobre los medios necesarios para que las fuerzas norteamericanas pudiesen garantizar el «nuevo orden mundial».

En un informe con fecha del 7 de febrero de 1991, el almirante David E. Jeremiah, segundo del jefe del Estado Mayor Colin L. Powell, estableció las posibles amenazas:

- restablecimiento del Pacto de Varsovia impulsado por un nuevo gobierno ruso agresivo;

- invasión rusa contra los países bálticos;

- ataque cubano contra el canal de Panamá;

- ataques contra los ciudadanos estadounidenses en Filipinas o en otro Estado del Extremo Oriente;

- y, sobre todo, la adquisición por Irak y Corea del Norte de armas de destrucción masiva que Saddam Hussein y Kim Il Sung podrían utilizar en un ataque de locura.

La identificación de esta última amenaza parece responder más a criterios ideológicos que objetivos. Es imposible entender por qué el almirante Jeremiah se preocupa por armas de destrucción masiva que Irak y Corea del Norte podrían adquirir en vez de preocuparse por esas mismas armas que se encuentran ya en manos de numerosos Estados.

Tampoco se sabe qué lo autoriza a pronunciarse sobre la peligrosidad que representaría la salud mental de esos dos dictadores en particular comparada con la de otros autócratas del mundo.

Ya equipado con esos siete guiones, el secretario adjunto del Departamento de Defensa, Paul Wolfowitz, supervisó la redacción de un informe sobre la política quinquenal de defensa. Se rodeó de un equipo de trabajo del que formaban parte Lewis Libby, Eric Edelman y Zalmay Khalilzad.

El 18 de febrero de 1992 entregó su estudio intitulado Recomendaciones para una política de defensa para los años fiscales 1994-1999 (Defense Policy Guidance for the Fiscal Years 1994-1999). Aunque era confidencial, el documento se filtró a la prensa, que publicó largos pasajes del mismo.

Dick Cheney trataba así de convertirlo en la doctrina oficial de su administración a pesar de la oposición de ciertos miembros del gobierno, como el consejero de seguridad nacional, el general Brent Scowcroft y el jefe del Estado Mayor conjunto, el general Colin L. Powell.

Mientras que Powell defiende la idea de mantener una fuerza de base para defender exclusivamente los intereses vitales de Estados Unidos, Wolfowitz se pronuncia por un ejército del mismo formato pero equipado con armas ultra-sofisticadas que le permitan establecer la supremacía militar de Estados Unidos sobre el resto del mundo.

«Nuestro primer objetivo -escribe Wolfowitz- es prevenir el resurgimiento de un nuevo rival, ya sea en el territorio de la antigua Unión Soviética o en cualquier otra parte, que pudiera representar una amenaza comparable a la de la antigua Unión Soviética.

Esta es la preocupación dominante que sostiene la nueva estrategia de defensa regional y requiere que nos comprometamos a prevenir cualquier poder hostil que pueda dominar una región cuyos recursos pudieran, si tomara el control de estos, bastar para convertirlo en una potencia global. Esas regiones comprenden Europa, el Extremo Oriente, los territorios de la antigua Unión Soviética y el sudeste asiático.

Hay tres aspectos adicionales a ese objetivo: Primeramente, EE.UU. debe dar prueba del liderazgo necesario para establecer y garantizar un nuevo orden mundial capaz de convencer a los competidores potenciales de que no deben aspirar a un papel regional más importante ni adoptar una postura más agresiva para defender sus intereses legítimos. En segundo lugar, en las zonas de no-defensa, debemos representar los intereses de los países industrializados lo suficiente como para disuadirlos de competir con nuestro liderazgo o de tratar de invertir el orden político y económico establecido.

Finalmente, debemos conservar los mecanismos de disuasión ante competidores potenciales que se vean tentados de jugar un papel regional más importante o un papel global.»

En cuanto a la Unión Europea, Paul Wolfowitz indica: «Aunque Estados Unidos apoyen el proyecto de integración europea, debemos ser cuidadosos en prevenir el surgimiento de un sistema de seguridad puramente europeo que socavaría la OTAN, particularmente su estructura de comando militar integrado.»

En fin, para ejercer su liderazgo, «Estados Unidos debe ser capaz de actuar independientemente cuando no sea posible orquestar una acción colectiva». También «deben prever que las coaliciones futuras sean alianzas ad hoc» y hacer entender que «el orden mundial está en definitiva respaldado por Estados Unidos» (no por la ONU).

El senador Alan Cranston ridiculiza las fantasías del Pentágono y estigmatiza la voluntad declarada de someter a los Estados que podrían convertirse en competidores desencadenando contra ellos ataques preventivos, actitud que califica como «política de cabecilla». Ante el escándalo que suscitó ese documento, cuya filtración a la prensa había organizado él mismo, el Pentágono decidió revisarlo.

La segunda versión del informe Wolfowitz era más edulcorada. Sin embargo, el proceso había comenzado. Así que los europeos fueron invitados a incluir en el Tratado de Maastricht una cláusula que subordinara la política europea de defensa a la de la OTAN.

Esta polémica no detuvo la marcha de Dick Cheney. Lo que no logró obtener la primera vez, lo obtendrá la segunda. Durante los últimos días de su mandato, en enero de 1993, publica un informe sobre la Estrategia regional de defensa para los años 90 (Defense Strategy for the 1990s: The Regional Defense Strategy) que la administración Clinton no tomará en cuenta.

Dick Cheney escribe entonces: «Al final de la Primera Guerra Mundial, y de nuevo -aunque en menor medida- al final de la Segunda, Estados Unidos cometió como nación el error de creer que estas habían instalado una especie de seguridad permanente, que la transformación del orden obtenida sobre todo por el liderazgo y el sacrificio norteamericanos podía perdurar sin nuestro liderazgo y nuestras fuerzas.»

Al término de la especie de Tercera Guerra Mundial que fue la Guerra Fría es por tanto conveniente que Estados Unidos, en su condición de potencia militar, ejerza un liderazgo mundial activo en vez de confiar en una organización colectiva -SDN, ONU u otra. «No podemos dejar nuestros intereses críticos depender únicamente de mecanismos internacionales que puedan ser bloqueados por Estados cuyos intereses pueden ser muy diferentes de los nuestros.»

De lo cual se desprende que, para tener credibilidad, Estados Unidos debe permanecer en estado de guerra permanente, identificando por sí mismo las nuevas amenazas y destruyéndolas con la ayuda de coaliciones ad hoc.

Habrá que esperar hasta el primer aniversario de los atentados de New York y Washington para que Estados Unidos adopte oficialmente la doctrina elaborada por Cheney, Wolfowitz y Khalilzad. El 11 de septiembre de 2002, doce años después del discurso histórico de su padre en el Congreso sobre el Nuevo Orden Mundial, George W. Bush promulga la nueva Estrategia Nacional de Seguridad de Estados Unidos de América (The National Security Strategy of the United States of America).

Un año después, esta doctrina, adaptada por Javier Solana en su condición de Alto Representante para la política exterior y de seguridad de la Unión Europea (no como ex-secretario general de la OTAN), es adoptada por el Consejo Europeo bajo el título de “Una Europa segura en un mundo mejor”.

Los actuales principios estratégicos de Estados Unidos no son por tanto una respuesta a los atentados de 2001 sino el fruto de una reflexión que comenzó con la administración de Bush padre para «aprovechar oportunidades» abiertas por la desaparición de la Unión Soviética. El rechazo hacia la ONU y el derecho internacional, las coaliciones ad hoc, la acción preventiva contra los nuevos peligros, etc. no son reacciones pasajeras ante el impacto de los atentados sino una estrategia de dominación imperial madurada durante largo tiempo.

Estas acciones y actitudes conforman hoy un consenso en el seno de la clase dirigente estadounidense y gozaron paradójicamente de la aprobación del ex-candidato a la presidencia de los EEUU, el senador John Kerry [10], rival de George W. Bush durante la elección presidencial acontecida el 3 de noviembre de 2004.

Por Thierry Meyssan

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