Acorralada en Afganistán, la OTAN organiza un atentado en Pakistán

Sep 25 2008 @ 05:12pm
Por: Felipe IV
Publicado en: Política


El eslogan que compara el atentado de Islamabad con el 11 de septiembre es más realista de lo que parece. Esta carnicería, cuya responsabilidad nadie reclama, favorece única y exclusivamente los intereses de la OTAN. La alianza atlántica necesita apoderarse urgentemente del control del paso pakistaní de Khybar para poder garantizar el avituallamiento de sus tropas en Afganistán. Si la OTAN solamente logra un restablecimiento parcial de su logística, Washington estaría dispuesto a sacrificar a las tropas aliadas.

El 21 de septiembre de 2008, un atentado de violencia sin precedentes en ese país devastó el hotel Marriott de Islamabad. Un camión lleno de explosivos, cuya potencia se estima en al menos 600 kilogramos de TNT, dejó un enorme cráter, más de 60 muertos y por lo menos 226 heridos. Al comentar el hecho por televisión, el redactor jefe de Daily Times declaró: «Es el 11 de septiembre de Pakistán». Las agencias de prensa occidentales han retomado la frase. Aunque ninguna organización ha reclamado su autoría, las autoridades han atribuido el atentado a la nebulosa Al Qaeda. Como reacción, el presidente Zardari anunció que no dimitirá y que intensificará su lucha contra el terrorismo.

Al analizarlos en su contexto, estos hechos no tienen, por desgracia, nada de sorprendente.

Aprovechando el derrumbe de la Unión Soviética y la independencia de los Estados de Asia central, las grandes compañías petroleras occidentales intensificaron los planes de explotación de los yacimientos de hidrocarburos de la cuenca del Mar Caspio. La firma californiana UNOCAL lanzó dos grandes proyectos. El primero (llamado BTC) consistía en conectar la cuenca del Caspio con la región del Mar Negro pasando por Azerbaiyán, Georgia y Turquía, esencialmente con la ayuda de la compañía británica BP. El segundo proyecto debía conectar la región del Mar Caspio con el Océano Índico pasando por Turkmenistán, Afganistán y Pakistán, con la ayuda de la empresa saudita Delta Oil.

Si el BTC se construyó sin muchas dificultades no ha pasado lo mismo con el oleoducto transafgano. UNOCAL tuvo que enfrentar el caos reinante en Afganistán y recurrió a la Casa Blanca para obtener la estabilización de la región. La compañía contrató como consultante a Henry Kissinger y confió la dirección del proyecto a los embajadores John J. Maresca y Robert B. Oakley y a dos expertos: Zalmay Khalilzad y Hamid Karzai. Washington compró la ayuda de los talibanes, que controlaban la mayor parte del país. Para ello, el Departamento de Estados les otorgó una subvención de 43 millones de dólares en mayo de 2001. Con el asentimiento del G8 (en la cumbre Génova, del 20 al 22 de julio de 2001), se abrió en Berlín una ronda de negociaciones multilaterales con el Emirato islámico, que ni siquiera contaba con el reconocimiento de la comunidad internacional. Pero los talibanes presentaron nuevas exigencias y las conversaciones fracasaron.

Estados Unidos y Gran Bretaña planificaron entonces la invasión de Afganistán. A fines de agosto del 2001, ambas potencias concentraron sus fuerzas navales en el mar de Omán y enviaron 40 000 hombres a Egipto. El 9 de septiembre de 2001 fue asesinado el líder tayiko Shah Massoud, pero la noticia se mantuvo en secreto. El 11 de septiembre de 2001, el presidente Bush acusó a los talibanes de estar implicados en los atentados que acababan de producirse en Nueva York y Washington y les lanzó un ultimátum. Después, los anglosajones derrocaron a los talibanes y tomaron el control del país durante la operación «Libertad inmutable» [1].

Siete años más tarde, el oleoducto siguen sin construirse y el país sigue siendo presa del caos. Chevron absorbió a UNOCAL, con la bendición de Condoleezza Rice; John J. Maresca se convirtió en el jefe del Business Humanitarian Forum que se ocupa activamente del cultivo de la amapola en Afganistán con fines medicinales (sic); Robert B. Oakley está encargado de proponer un plan de reorganización de las instituciones militares; Zalmay Khalilzad se convirtió en embajador de Estados Unidos en la ONU; y Hamid Karzai utilizó su doble nacionalidad para convertirse en presidente de Afganistán, país transformado en un narco-Estado.

El Pentágono, que se hunde en el pantano iraquí, delegó ampliamente la ocupación militar de Afganistán en sus aliados de la OTAN. Para poder aprovisionar a sus tropas, la alianza atlántica firmó un protocolo con la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (durante la cumbre de Bucarest, el 4 de abril de 2008). La logística llega entonces a través de Rusia, Uzbekistán y Tayikistán. Al comentar esta extraña concesión a la OTAN, el ministro ruso de la Relaciones Exteriores Serguei Lavrov recordó la importancia de la cooperación internacional contra el terrorismo. Más directo, el embajador Zamil Kabulov declaró a Vremya Novostei que era de interés de Moscú que los occidentales se atascaran en Afganistán y que murieran allí.

Sin embargo, el 8 de agosto de 2008 Estados Unidos e Israel lanzaron a las tropas georgianas contra la población rusa de Osetia del Sur. En respuesta, el ejército ruso bombardeó los dos aeropuertos militares israelíes en Georgia y el oleoducto BTC. Luego, el presidente Medvedev reunió a la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva y esta derogó el protocolo que la ligaba a la OTAN. Finalmente, los medios públicos rusos comenzaron de pronto a poner en duda el supuesto vínculo entre los atentados del 11 de septiembre de 2001 y la colonización de Afganistán por la OTAN.

Este cambio en la situación es especialmente grave para la OTAN, que ha venido sufriendo una derrota tras otra. El 54% del territorio afgano está en manos de los insurgentes. Para hacerles frente, el general David McKiernan exige el envío de 3 brigadas más (unos 15 000 hombres que saldrían del contingente que se encuentra en Irak). Pero nadie piensa mandarle refuerzos cuando los 47 600 hombres que ya se encuentran en Afganistán no están recibiendo avituallamiento y se encuentran por lo tanto en grave peligro.

Para lograr restablecer su cadena logística, la alianza atlántica tiene que encontrar urgentemente cómo encaminarla. Y no hay una solución satisfactoria que puede implementarse en poco tiempo. En sus esfuerzos por salvar en primer lugar a los militares estadounidenses atrapados en Afganistán, el secretario de Defensa Robert Gates se explayó en enfáticas consideraciones sobre la falta de coordinación entre el ISAF, las Fuerzas Especiales estadounidenses y el ejército afgano para acabar proponiendo una modificación de la cadena de mando. Todas las tropas, incluyendo las de los aliados, estarían bajo las órdenes directas del CENTCOM. En otras palabras, los aliados no tendrán el menor derecho a expresar sus opiniones y el Pentágono pudiera limitarse a aprovisionar a las tropas anglosajonas (Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá y Australia) y que los soldados de los demás países (Alemania, Francia, Italia, holanda, etc.) se las arreglen como puedan.

Una elevada barrera montañosa cierra el este de Afganistán, así que el único corredor de aprovisionamiento viable es el paso de Khyber, en territorio pakistaní. Anteriormente el paso se utilizaba sólo para el abastecimiento en combustible. Durante el largo fin de semana de celebración del nacimiento del Profeta (el 23 de abril de 2008), unos 60 camiones cisterna se acumularon en el puesto fronterizo de Torkham. Los insurgentes lanzaron un RPG contra el camión que se encontraba en el medio y todos se incendiaron formando una gigantesca antorcha. Desde aquel momento, los convoyes únicamente se mueven bajo fuerte escolta.

Para garantizar la seguridad en el paso de Khyber, el 3 de septiembre el Pentágono bombardeó blancos sospechosos en territorio pakistaní. El 5 de septiembre, el ultra proestadounidense Ali Asif Zardari fue electo presidente de Pakistán. El 15 de septiembre, el jefe del Estado Mayor conjunto estadounidense, el almirante Mike Mullen, llegó por sorpresa a Pakistán. Exigió que Pakistán cediera a Estados Unidos el control del paso de Khyber.

El 21 de septiembre, el presidente Zardari pronunció su discurso de investidura ante el Parlamento. Se comprometió a apoyar los esfuerzos del Pentágono contra los «terroristas» afganos. Después de la ceremonia, los miembros del gobierno y los diputados fueron invitados al iftar (ruptura del ayuno del ramadán) en la residencia del primer ministro. La mayoría estaban furiosos, a la vez porque el nuevo presidente no había confirmado su compromiso de reintegrar a los jueces de la Corte Suprema y porque había dado a entender que iba a renunciar a la soberanía sobre el paso de Khyber. Durante la recepción un camión lleno de explosivos se estrelló contra el hotel Marriott, donde el iftar estaba previsto inicialmente. Los diputados sólo podían interpretar el atentado como una advertencia de que la OTAN no vacilaría en eliminarlos si se oponían a sus planes. En el plano mediático, el atentado justifica que Estados Unidos tome el control de una parte del territorio pakistaní, de la misma forma en que los atentados del 11 de septiembre sirvieron para justificar la invasión de Afganistán.

Najam Sethi, el redactor jefe del diario liberal Daily Times, exclamó en la televisión: «Es el 11 de septiembre de Pakistán». El señor Sethi es un periodista conocido por su alineamiento con Washington y ha apoyado todas las incoherencias estadounidenses. En 1999, Najam Sethi aprobó el golpe de Estado militar del general Musharraf, en nombre del «orden», y hoy defiende al nuevo peón estadounidense, Ali Asif Zardari, esta vez en nombre de la «democracia». Cuando fundó el Daily Times, a principios de 2002, lo hizo con capitales estadounidenses.

Como quiera que sea, con este atentado la guerra de Afganistán se extiende a Pakistán y pone en peligro el equilibrio regional.

Por Thierry Meyssan

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