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El Orden Económico Natural: Cómo se intentó hasta el presente explicar el interés

El Orden Económico Natural: Cómo se intentó hasta el presente explicar el interés

El que sabe ahora a cuáles circunstancias deben las casas, los medios de producción, los buques, etc. y el dinero su cualidad de capital, querrá saber, también, cómo se ha explicado hasta hoy el interés. Quien desee profundizarse en la materia, encontrará un análisis minucioso de las diversas teorías en la obra de von Boehm-Bawerk: “Capital e interés del capital” (1) de la cual he tomado la siguiente clasificación. El autor plantea la pregunta: “¿De dónde y por qué recibe el capitalista el interés?” Y de acuerdo a las respuestas que obtiene al respecto, clasifica las teorías en la siguiente forma: 1) Teorías de fructificación. 2) Teorías de productividad. 3) Teorías de usufructo. 4) Teorías de abstinencia. 5) Teorías de trabajo. 6) Teorías de explotación.

Como von Boehm-Bawerk no se limitara a criticar estas teorías, sino que formulara también una propia, resultaba casi inevitable que, al examinar aquéllas lo hiciera influenciado por la suya y, por consiguiente, su atención se viera atraída especialmente por aquellas citas, que en uno u otro sentido se referían a su teoría. Lo hizo, quizás, desechando citas que, consideradas bajo otro punto de vista, ganarían mucho en importancia, y merecerían tal vez una investigación más profunda que la dispensada por von Boehm-Bawerk. Así encontramos en página 47 la siguiente exposición: “Sonnenfels (2) bajo la influencia de Forbonnais (3), ve el origen del interés en la interrupción de la circulación monetaria provocada por los capitalistas, los acaparadores del dinero, que no lo sueltan, si no se les concede un tributo, un interés. Le atribuye al interés mismo toda clase de efectos perniciosos, que encarece las mercancías, que resta ganancia a la actividad (querría decir: al producto del trabajo) en provecho del poseedor del dinero. Hasta califica a los capitalistas de gente que no trabaja y que vive del sudor de las clases laboriosas.” Para nosotros un hombre que propaga semejantes ideas, es una persona atrayente; pero von Boehm- Bawerk no se digna examinar mayormente esta teoría, y deja pronto de lado a su autor, atribuyéndole una “elocuencia contradictoria”. Si alguien estudiara, desde el punto de vista del interés básico, todo lo que se ha escrito sobre el interés llegaría a la conclusión de que no ha sido descubierta ni demostrada recién ahora la fuerza independiente y generadora del interés, que tiene el dinero tradicional.

A continuación resumimos el contenido de las seis teorías arriba mencionadas. A los que querían conocer mas a fondo su historia, recomendamos la lectura de la excelente obra referida de von Boehm-Bawerk.

Un examen minucioso de esas teorías está demás, pues con la ayuda de la teoría del interés básico es fácil señalar el punto donde los investigadores se han desviado del camino recto para empantanarse en las teorías del “valor”.

1) La “teoría de la fructificación”, haciendo un salto mortal de ideas, deduce el interés de la renta territorial. Porque con dinero se adquiere un campo que da interés, es necesario que también el dinero y cuanto con él se compre, produzca interés. Convenido; pero esta teoría no aclara nada, ya que no explica por qué con un dinero, declarado incapaz de producir interés, se puede comprar un campo que lo produce. Entre los hombres que difundían esta “teoría” figuraban Turgot y Henry George, y es inexplicable cómo estos bravos hombres cayeron en semejante compañía.

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Probablemente trátase de simples opiniones, que ellos emitieron para provocar la discusión y llamar la atención de otros sobre el problema del interés.

2) La “teoría de la productividad” explica la razón del interés, sosteniendo que los medios de producción (o sea el capital) apoyan la producción (o sea el trabajo). Es muy cierto; pues ¿qué haría el proletario sin los instrumentos de trabajo? Pero resulta que el aumento de los productos ha de beneficiar también natural y lógicamente al poseedor de los medios de producción. Y esto no es cierto, ni menos aún lógico, como podrá verse por el hecho de que el trabajo y los medios de producción no pueden separarse, y que nadie sabrá indicar qué parte del producto corresponde a los medios de producción y qué otra al trabajo.

Si debiera deducirse el interés del hecho de que el proletario produce más con los medios de producción que con sus manos, entonces, en la mayoría de los casos, ya no quedaría absolutamente nada para el obrero. Pues ¿qué haría un agricultor sin arado y sin campo, y qué un maquinista sin el ferrocarril? El trabajo y los medios de producción son en absoluto inseparables, y la distribución del producto entre el poseedor de los medios de producción y el obrero ha de determinarse por otros factores, que no por el grado de apoyo que prestan a la producción de mercaderías los instrumentos de trabajo. ¿Dónde están esos factores? Sostenemos que la demanda y la oferta de los medios de producción determinan la proporción en que el obrero y el poseedor de aquellos participan del producto, sin considerar la eficiencia de dichos medios de producción. Ellos intensifican el trabajo, de ahí su demanda por parte del proletario. Pero esta demanda no puede determinar unilateralmente el interés, sino que ha de intervenir también la oferta. La distribución del producto entre obreros y capitalistas depende, pues, de la relación en que se halla la demanda con la oferta. El capitalista podrá esperar un interés de sus medios de producción siempre que la demanda exceda a la oferta. Y cuanto mejor, cuanto más eficiente sea el instrumento de trabajo que el capitalista pone a disposición del obrero, tanto más crece con el producto la oferta de medios de producción, y tanto más baja el interés. Pero según esta “teoría de productividad” debería ocurrir lo contrario o sea: cuanto más eficientes sean los medios de producción tanto mayor el interés. Si se decuplicara en general el grado de eficiencia de los medios de producción (instrumentos de trabajo), ello ocasionaría (según esta teoría) una ganancia fabulosa para los capitalistas, mientras que en realidad la oferta superaría muy pronto la demanda de medios de producción, y el interés, bajo la presión de tal oferta, desaparecería por completo (suponiendo que el dinero fuera incapaz de impedir tal desenvolvimiento).

La “teoría de la productividad” no puede explicar el interés, porque considera el capital desde el punto de vista estático (como materia) (4) y no bajo el aspecto dinámico (como fuerza). Ella ve solamente la demanda, originada por la utilidad de los instrumentos de trabajo, y prescinde de la oferta; para ella el capital es simplemente materia; no ve las fuerzas que se requieren para transformar esa materia en capital.

3) Las “teorías del usufructo representan un “vástago” de las teorías de productividad, dice von Boehm-Bawerk. Pero él enrieda por completo la sencilla idea, en que se basa la teoría de productividad, al convertirla en un problema del valor, sin nombrar empero la teoría del valor a la cual tendrá que referir sus explicaciones. Cuando habla del valor del producto, podríase pensar en la relación en que se intercambian las mercancías. Pero; ¿qué se va a imaginar bajo la expresión “valor de los medios de producción”?.

Los instrumentos de trabajo se cambian sólo por excepción; tratándose de ellos, se habla de rentabilidad, no ya de precio, y cuando en un caso excepcional un empresario enajena su establecimiento, entonces el precio de venta se determina por el dividendo, como lo prueban las

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fluctuaciones diarias en la cotización de las acciones industriales, así como por el hecho de que el precio de venta de un campo corresponde a una suma, cuyos intereses equivalen a la renta territorial. De lo contrario ¿qué teoría del valor podría aplicarse a un campo? En cambio, si la fábrica se vende en partes, vale decir en sus componentes, entonces, ya no se trata de medios de producción e interés para determinar su “valor”, sino de mercaderías y precio. La mercancía se produce para la venta, el medio de producción para el uso propio, o para ser prestado como capital. Entonces, ¿existe acaso una teoría del valor que sea al mismo tiempo aplicable a las mercancías y a los medios de producción, al precio y al interés? Una niebla impenetrable envuelve este panorama económico.

Dice, por ejemplo, el autor en la página 131: “Es obvio que, aunque se haya comprobado que el capital tenga la capacidad de producir o fomentar una mayor producción de mercancías, esto no autoriza aún a asignarle el poder de producir más valor del que se había logrado de otro modo (5) o más del que el mismo tiene (6). El referir estos últimos conceptos durante la prueba de los primeros, tendría, evidentemente, el carácter de simulación de una prueba no demostrada.” Puede ser que lo dicho aquí sea lógico para cuantos tienen el mismo concepto de von Boehm- Bawerk, sobre el llamado valor, la materia del valor, la producción del valor, las máquinas del valor, los conservadores del valor, y los petrefactos del valor. Pero, ¿cómo puede suponer él, que todos los lectores tengan la misma opinión en este asunto? ¿Acaso no existe ya la cuestión del valor? Para muchos es “obvio” que donde se trata exclusivamente del “concepto del valor”, se piensa tan solo en mercancías de determinada calidad y cantidad que se pueden canjear. Pero el que así concibe el “valor”, encuentra naturalmente, que la capacidad del capital para producir mayor cantidad de bienes, comprende a la vez la de producir mayor valor. Si el uso general de la máquina a vapor duplica, por ejemplo, el producto del trabajo, entonces cada uno va a canjear por sus productos duplicados la doble cantidad de mercancías. Ahora bien; si llama “valor” de sus productos a lo que obtiene en cambio por ellos, entonces canjeará también exactamente un doble valor por sus productos que ha duplicado la máquina a vapor.

4) La teoría de la abstinencia o continencia de Senior se inicia bien al explicar que el interés es causado por la desproporción existente entre la demanda y la oferta de los medios de producción; pero se queda en mitad del camino. Senior considera a los hombres como derrochadores que prefieren vivir en la disipación unos días y pasarse el resto del año de prestado, pagando intereses antes que renunciar al goce inmediato. De ahí la escasez de los medios de producción, de ahí la desproporción entre la oferta y la demanda, de ahí el interés. Las pocas personas que practican la continencia, ven en el interés recompensa por su rara virtud. Y aún esos pocos practican la sobriedad, no porque prefieran el goce futuro al derroche actual, ni tampoco porque deseen ahorrar, como jóvenes para la boda, como hombres para la vejez, como padres para sus hijos, sino solamente porque saben que el ahorro les rinde interés. Sin este premio a la virtud también ellos vivirían al día, no guardarían papas para la siembra, sino que devorarían toda la cosecha en una gran comilona. Sin interés no habría aliciente para formar y guardar un capital, pues el goce presente es siempre y naturalmente preferible al futuro, ya que nadie sabe si alcanzará a vivir para disfrutar la riqueza acumulada.

Si la naturaleza del hombre es así (¡cuán abnegados parecen a su lado la abeja y la vizcacha!) uno se pregunta: ¿Cómo es que la humanidad existe aún, y cómo es posible prestar todavía dinero a alguien? Quien administra tan mal el patrimonio propio, no resistirá a la tentación de sacrificar con el patrimonio ajeno el goce futuro por el dulce placer actual. Y ¿cómo va entonces a pagar el interés y devolver el capital? Si nuestros antepasados hubiesen consumido ya en el mismo verano sus provisiones de invierno, ¿gozaríamos acaso de nuestra existencia actual? ¿O es que nuestros padres renunciaron al goce inmediato, porque las provisiones guardadas en los sótanos producían intereses, es decir, aumentaban en valor, calidad y cantidad?

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Sin embargo, hay algo de cierto en esta teoría de Senior. El interés debe su existencia, sin duda, a la escasez del capital, y esta escasez sólo puede proceder del derroche; pero, caso notable, los que pagan el interés no son los derrochadores, sino quienes lo perciben. Por cierto que los capitalistas no disipan su propia riqueza, sino la ajena; puesto que recae sobre los demás la desocupación que ellos provocan mediante la interrupción de la circulación monetaria, con objeto de exprimir el interés básico. Los capitalistas despilfarran la riqueza ajena, derrochan las energías del pueblo laborioso, ahorrativo, y dejan que se pierda, por cuenta de otros, mercaderías por valor de millares de millones en tiempos de crisis, so pretexto de superproducción, y a fin de que no sobrevenga una sobreproducción de capital, con la consiguiente baja del tipo de interés. De ahí la escasez del capital, de ahí el interés. No a los obreros, sino a los capitalistas debería recomendarse la moderación en el derroche del trabajo. Los obreros han demostrado ser capaces de practicar la abnegación, abstinencia, hasta el hambre, cuando se trataba de arrancar al capital una parte exigua de su botín; han demostrado una heróica morigeración en millares de huelgas, y es de presumir que, si fuera posible hacerles creer que para aniquilar el interés bastaría ahorrar, no fumar ni beber alcohol, ellos lo harían. Pero, ¿cuál sería hoy el resultado? Apenas llegará el interés de los capitales reales por debajo del interés básico, estallaría la crisis, sobrevendría la ruina económica, despojando al obrero del fruto de su continencia.

En todo caso la teoría de la abnegación lleva directamente al siguiente contrasentido: ¡Obreros, sacrificaos; con el sudor de vuestras frentes producid y vended muchas mercancías; pero, para vosotros mismos, comprad lo menos posible! ¡Padeced hambre y frío, sed abstinentes, no compréis nada de lo que habéis producido (vale decir: de lo que vosotros mismos destinais a la venta), para formar de este modo un excedente de dinero lo más grande posible, con el cual crear nuevos capitales reales! A esta contradicción absoluta habrían llegado los autores de la doctrina abstencionista, si hubiesen proseguido en el camino inicial, y entonces habrían dado con los defectos de nuestro sistema monetario, así como descubría Proudhon, probablemente por la misma vía, que el oro obstruye el camino de las mercancías hacia los capitales reales, que el oro impide la transformación de la superproducción de mercaderías (esta presiona sobre los precios y conduce a la crisis) en una superproducción de capitales reales (que presiona sobre el interés y estimula el intercambio).

5) Las teorías del trabajo declaran lisa y llanamente que el interés es un producto del trabajo de los capitalistas. Rodbertus considera un oficio la percepción del interés. Cortar cupones le parece a Schaeffle una profesión lucrativa; sólo le reprocha de que sus “servicios” sean muy costosos, y Wagner llama a los rentistas: “Funcionarios públicos para la formación y el empleo de los fondos nacionales de medios de producción”. ¡Y a estos “sabios” von Boehm-Bawerk otorga el honor de incluirlos en la lista de los investigadores de las teorías del interés! 6) Las teorías de la explotación, sostienen que el interés es una simple deducción forzada del producto del trabajo, que los poseedores de los medios de producción se permiten efectuar, y pueden permitírselo, porque los obreros se hallan imposibilitados de trabajar sin medios de producción, debiendo, sin embargo, vivir de su trabajo.

Es acaso dudoso que justamente esta teoría merezca el nombre de “teoría de explotación”? ¿No explota acaso el “abstemio” (teoría de abstinencia) la situación del mercado, cuando aprovecha la escasez de capitales para obtener un interés? Según esta teoría (cuyos representantes principales son Carlos Marx y los socialdemócratas) el poseedor de los medios de producción determina el descuento, no por los principios del comercio y

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de la Bolsa, sino, curioso es advertirlo, según ciertas condiciones históricas y morales. Marx dice: “En oposición a las demás mercancías, encierra, pues, la determinación del valor de la fuerza obrera un elemento histórico y moral.” (Capital, Tomo 1, Pág. 124, 6a. Edición).

Pero ¿qué tiene que ver la conservación de la fuerza obrera con la historia, la moral, los diferentes países y épocas? El término medio del monto de los víveres necesarios para la conservación de la misma fuerza obrera está ya dado. Podrá variar con la intensidad del trabajo, con la raza, la fortaleza o debilidad del aparato digestivo, pero jamás por causas históricas o morales. Si en este punto decisivo para toda la teoría marxista, se da ingerencia a las leyes morales, entonces la fuerza obrera ya no es mercancía. Con tan confusa terminología puede demostrarse cualquier cosa.

“Al capitalista le interesa mucho saber cómo se alimentaron la madre, abuela y bisabuela del obrero, cuánto cuestan esos alimentos, y qué cantidad de ellos necesita para criar a sus hijos (pues el capitalista se preocupa mucho, de que no sólo sus obreros, sino que también los obreros en general se conserven fuertes y sanos), y ese mínimo lo deja el empresario al obrero. El resto lo reclama íntegramente para sí mismo”.

Tal distribución de los productos del trabajo entre empresarios y obreros, que sirvió a Marx para eludir todo el problema del interés de una manera muy cómoda, por cuanto la teoría del salario incluye de este modo también las teorías del interés y de la renta territorial (plusvalía), es el punto vulnerable de la teoría de la explotación. Errónea no es sólo la premisa de ella, según la cual el salario se determina por el costo de la educación, instrucción y manutención del obrero y de su prole, sino también la escapatoria de que, cada vez que el salario permanece arriba o debajo de este límite los conceptos corrientes sobre lo que sea necesario para la vida del trabajador, determinen el monto del salario.

“En las estancias del Este de Alemania los jornales han subido en los últimos cinco años tanto, que apenas difieren de los salarios del Oeste, causando un fuerte retroceso en la emigración golondrina hacia Sajonia”. Esto se leía en los diarios en 1907. ¡Cuán pronto cambian los conceptos corrientes sobre lo que necesita el obrero para la vida! En la Bolsa los precios cambian, por cierto, aún con mayor rapidez, pero con todo no es posible considerar como evolución histórica a un período de 5 años.

En el Japón los salarios cuadruplicaron en muy poco tiempo, pero, con toda seguridad, no porque los conceptos corrientes sobre hambre y saciedad hayan cambiado tan rápidamente. Esta explicación de las contradicciones, con que tropieza a cada paso la teoría de la explotación, lleva el sello de su error a la vista. A semejantes escapatorias recurre sólo quien se ve en apuros.

Con el mismo derecho podría formularse la teoría de la explotación en la siguiente manera: “Todo cuanto el capitalista necesita para vivir decentemente, conforme a los conceptos históricos y corrientes y para dejar a sus hijos una herencia apropiada, lo toma simplemente del producto del obrero. El resto lo arroja, sin medirlo ni contarlo, a los obreros”. Esta manera de precisar la teoría aventajaría en mucho a la de Marx, porque parece más lógico que el capitalista piense primero en sí mismo, antes de averiguar si el obrero puede arreglarse con el sobrante. La implantación de los derechos aduaneros al trigo también aportó, por su parte, a todo el mundo la prueba de la verdad de este punto de vista.

Es asimismo algo arbitraria la explicación del origen del proletariado, tan necesario para el interés. El hecho de que la gran industria sea muchas veces más ventajosa que la pequeña, no es razón para que necesariamente deban aprovechar la ventaja los propietarios de los grandes establecimientos. Esto habría que demostrarlo primero a base de una sólida teoría de salarios. Actualmente produce el

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capital término medio del 4 al 5 %, y es indiferente que se trate de una maquina a vapor de 10 o una de 10.000 caballos. Y aunque la gran industria tuviera siempre ventajas sobre la pequeña, ello no probaría de ninguna manera, que los propietarios de establecimientos pequeños pasarían a ser proletarios. Los artesanos y campesinos no son ni necesitan ser tan torpes, como para permitir que la explotación en gran escala los ahogue. Se defienden, asociando sus pequeños establecimientos en una empresa grande, (cooperativas, tamberías, trilladoras, sociedades, etc.) con las innumerables ventajas de la industria en pequeña escala. Tampoco es privilegio de las empresas grandes que sus acciones deban quedar en manos de los rentistas, y no en poder de los obreros.

En una palabra, no es tan fácil explicar el origen del proletariado. La dificultad disminuye, cuando se toman en consideración las leyes de la renta territorial, y la expropiación violenta hecha por la espada. Pero ¿cómo se ha formado entonces el proletariado en las colonias? Pues allí la espada no ha reinado y la tierra libre se extiende a menudo hasta las puertas de las ciudades.

En las colonias alemanas del Brasil (Blumenau, Brusque), surgieron muchas industrias, especialmente fábricas de tejido en las que trabajan las hijas de los colonos en condiciones míseras, por un salario insignificante; al mismo tiempo que los padres, los hermanos y los esposos tienen a su disposición tierras fertilísimas, de extensión ilimitada. Centenares de hijas de los colonos alemanes están ocupadas de sirvientas en San Pablo.

En vista de la libertad de tránsito, de la facilidad con que el proletario puede emigrar a países despoblados para adquirir allí tierras, (7) y de la manera sencilla con que cada uno puede, por medio de las cooperativas, gozar de las ventajas de las empresas grandes, no es tan fácil explicar, no sólo la conservación, sino también el aumento del proletariado, máxime, cuando la legislación civil moderna tiende a proteger al proletario contra el despojo.

Pero aparte de la espada, aparte de la ventaja de las grandes empresas y de las leyes de la renta territorial, existe todavía otra institución que en realidad puede explicar la existencia de las masas proletarias, pero que los teóricos del interés pasaron por alto. Nuestro dinero tradicional está en condiciones de convertir por sí solo las masas populares en un proletariado; no necesita para ello aliados. El proletariado es el complemento necesario y forzoso del dinero actual. Sin recurrir a subterfugios ni a la violencia, sin titubear podemos deducir el proletariado directamente de él; pues forzosamente ha de acompañar a nuestro dinero la mendicidad general. La espada ha desempeñado su papel con eficacia en tiempos pretéritos, despojando al pueblo de sus medios de producción; pero ella no es capaz de retener el botín. En cambio, el botín es inseparable del dinero. El interés está más firmemente adherido al dinero que la contribución de sangre y la renta territorial a la espada.

En resumen, es posible que muchos participen en el despojo del pueblo, utilizando para ello las armas más diversas, pero todas estas se oxidan, se mellan y sólo el oro no. Este puede jactarse de que el interés no será arrebatado por ninguna división de herencias, ninguna legislación, ninguna organización cooperativista o comunista. El interés del dinero es invulnerable para las leyes y aun para los anatemas del mismísimo Santo Padre. Es posible sostener la propiedad privada, y no obstante encauzar la renta territorial mediante leyes (o sea impuestos a la tierra) hacia las arcas del Estado; pero por ninguna ley puede arrancarse al dinero tradicional ni siquiera una pequeña fracción del interés.

Por lo tanto, nuestro dinero tradicional ha creado las masas proletarias indispensables para la teoría de la explotación, y las ha conservado con éxito contra todas las fuerzas naturales de disolución. Por eso, para ser completa la teoría de la explotación, debe dar un paso más hacia atrás y buscar el interés no en la fábrica, ni en la propiedad privada de los medios de producción, sino más lejos aún,

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en el intercambio por dinero de los productos del trabajo. La separación del pueblo de sus medios de trabajo es sólo una consecuencia, pero no la causa del interés.

(1) Innsbruck, Editorial de la Librería Universitaria de Wagner.

(2) Sonnenfels: Handlungswissenschaft 2a. Edición, Viena 1758.

(3) Sin referencia.

(4) Ver Dr. Th. Christen “Patrón absoluto”. Editorial: Unión Suiza de Libre economía, Berna.

(5) Siempre esa máquina del valor! (6) Otra vez “materia del valor ! (7) El Lloyd Norte Alemán cobraba, en Abril de 1912, por la travesía de Europa a la Argentina la suma de 100 Marcos ($ 56 arg. papel) que representan más o menos el jornal de una semana en los trabajos de la cosecha en la Argentina.

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