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El Orden Económico Natural: El catedrático del interés

El Orden Económico Natural: El catedrático del interés

La libremoneda destruye todo mi edificio doctrinario. Esa dichosa innovación arrasa con mis más bellas teorías. Porque el interés, que desde los albores de la historia ha sabido mantenerse al mismo nivel, se precipitó, sin miramiento alguno para mis teorías, por el camino hacia el cero. Y los préstamos sin interés, que siempre nos parecieron sueños irrealizables, hoy ya se consideran posibles y hasta probables. ¡Préstamos sin interés! ¡Esto sí que es el fin del capital! ¡Dinero, máquinas, casas,

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fábricas, mercancías, materias primas, todo esto ya no representa capital! Debo confesar que estoy a punto de perder la cabeza. La tan evidente “teoría utilitaria”, la tan seductora “teoría fructífera”, la tan rebelde “teoría de explotación”, la muy apreciada, pero algo pedante “teoría de abstinencia” (1) – todas ellas se estrellan contra la libremoneda.

Y sin embargo, parecía tan evidente, tán lógico y natural que el prestamista de un medio de producción pudiera exigir un interés por su “servicio”. Pero no obstante resulta que la tasa baja y desciende hasta cero. Más aún: los capitalistas – si es que puede llamárselos todavía así – van dando muestras de alegría, cuando encuentran quien les acepte el dinero con la sola condición del reintegro de la suma prestada. Alegan que, habiendo crecido la competencia, les conviene más prestar el dinero así, que guardarlo en casa para necesidades futuras; ya que por la merma que sufre la libremoneda se les esfumaría en casa anualmente una parte considerable de su capital. Estiman así mucho mejor prestar el dinero sin interés, contra garantía real o documento negociable o descontable, cuando se necesite dinero efectivo. Es verdad que de este modo no se percibe interés alguno, pero tampoco se experimenta la pérdida del impuesto a la circulación.

Quiere decir, que los préstamos sin interés son ventajosos ahora tanto para el tomador, como para el dador.

¿Quién habría imaginado esto? Y, sin embargo, es un hecho. En realidad ¿qué otra cosa podría hacer el que quiere ahorrar? Uno ahorra para los tiempos venideros, para la vejez, para realizar un viaje a Jerusalén, para momentos de apremio, para la boda, la enfermedad, los hijos, etc.; pero ¿qué hacer con lo ahorrado hasta llegar el momento de necesitarlo? Si uno comprara géneros, alimentos, leña, etc., no se estaría mejor que si hubiera guardado libremoneda; puesto que todo aquello se pudre, se oxida y merma. Pueda ser que alguien comprara oro y piedras preciosas, que se conservan bien por tiempo indeterminado. Pero ¿dónde llegaríamos si semejante aplicación de los ahorros asumiera carácter general? ¿A qué altura subirían los precios de estos objetos en años prósperos, cuando todo el mundo hace ahorros; y ¿a qué grado bajarían estos precios, cuando a raíz de malas cosechas y de guerras, esos “ahorros” se llevaran en cantidades al mercado? Las piedras preciosas ? dícese – son las que al último se adquieren, y ante todo se ajenan. Tentativas de esta clase no serían repetidas a menudo; es una manera de ahorrar que fracasaría lamentablemente.

Resulta, entonces, mil veces mejor invertir los ahorros en títulos públicos o privados, en pagarés, etc. que, si bien no devengan interés alguno, pueden, empero, convertirse diariamente y sin pérdida en dinero efectivo.

Alguien dirá, ¿por qué no adquirir, entonces, casas y acciones industriales? Justamente, se compran también casas, a pesar de que, y esto es lo más curioso, no se espera interés de ellas. Se compran y se construyen casas, conformándose los propietarios con la amortización anual, que pagan los inquilinos por concepto de alquiler. A veces resulta esto mucho más ventajoso que no comprar títulos públicos, dado que uno percibe de este modo una entrada constante, que corre pareja con el deterioro del inmueble (fábrica, maquinaria, buque, etc.) y, además, uno queda en posesión de la prenda. Por esta razón se está construyendo mucho y las casas se consideran una buena inversión para el ahorro, a pesar de que el alquiler sólo alcanza a cubrir la amortización, los gastos de conservación, impuestos y el seguro contra incendios.

Confieso que estoy tambaleando. No puedo comprender que alguien construya una casa de alquiler, aunque espere solamente su amortización, sin ningún interés por el capital invertido. Por lo general, se consideraba científicamente demostrado, que el dinero devengaba intereses tan sólo porque los

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medios de produccíón los rendían, y que el factor determinante del interés de dinero es en el fondo traspasado o cedido. Y ahora se ve que ocurre a la inversa, porque de lo contrario, ¿cómo habría sido posible que una reforma monetaria afectara también el interés? En realidad, era una ligereza afirmar que el dinero devenga interés, porque con él pueden adquirirse medios de producción que rinden interés. Habría que explicar entonces ¿por qué razón se venden los medios de producción que dan interés por dinero, que se consideraba incapaz de producirlo? Acaso da un buey leche por el hecho de haberlo cambiado por una vaca? El lugar de los conceptos fué ocupado por el palabrerío estéril. Es un error hablar de cualidades “traspasadas” o “prestadas”. Semejante traspaso de cualidades o virtudes en el campo de la economía es tan imposible como en la química. Si el dinero de por sí carecía de fuerza para exigir intereses, ¿de dónde provenían entonces las ganancias del monopolio emisor de los Bancos? Si el dinero por sí solo no hubiese podido exigir intereses, entonces los medios de trabajo que producen interés, y el dinero que no lo produce, habrían sido magnitudes absolutamente inconmensurables, objetos que no habrían podido compararse, no habrían sido susceptibles de intercambio. Porque hay muchas cosas que no pueden adquirirse con dinero.

Y ¿cuál era el precio que se pagaba por un campo que rentaba 1.000 pesos anuales? Calculábase que 100 pesos dan 5 pesos de interés, y se decía que el precio del campo debía ser tantas veces 100 pesos, como 5 está contenido en 1.000. Luego el precio era 200 x 100 ó sea 20.000 pesos. Pero ¿de dónde procedía ese tipo de 5 por ciento? Ahí está pues la madre del borrego.

No se puede, por lo tanto, hablar de una fuerza traspasada; la fuerza productora del interés debe ser inherente al dinero, a manera de una cualidad intrínseca. Pero ¿cuál era la causa de esta cualidad del dinero metálico? Antes habría sido difícil descubrirla; ahora ha de ser fácil, puesto que tenemos como punto de comparación la libremoneda. En efecto, dado que la libremoneda no tiene esa cualidad de producir intereses, basta investigar en qué se diferencian las dos clases de dinero para conocer la causa del interés. Resulta, entonces, que la libremoneda difiere del dinero metálico de antes, en cuanto aquella está sujeta a una compulsión intrínseca que la obliga a ofrecerse, mientras el dinero anterior gozaba de completa libertad en este sentido.

Luego es en la libertad ilimitada del dueño del dinero metálico para ofrecer o no su fortuna, a su capricho y antojo, con el arbitrio de los capitalistas y de los que ahorraban, dominadores de la oferta del dinero, donde debemos encontrar las raíces del interés. Y para saberlo no hemos de buscar mucho.

En efecto, el dinero, como se sabe, es indispensable para el intercambio de los productos de la división del trabajo, para el comercio. ¿Qué harían los productores si no pudieran vender sus mercancías por dinero? Acaso se colocaría el carpintero a sí mismo en el ataúd? Y ¿el campesino comería, acaso, sólo todas sus papas? Nada de eso. Más bien tratarán de hacer factible la venta mediante la reducción de precios. Moderando sus exigencias buscan de atraer el dinero. Todo productor o propietario de mercancías debe venderlas, y para facilitar la venta, todos, sin excepción alguna, están dispuestos a rebajar algo de los precios. También esto es indiscutible.

Ahora bien, si los capitalistas y los que ahorran retiraron dinero de la circulación y no lo devuelven al comercio, es decir, al intercambio de las mercancías, sino cobrando intereses, es porque el mismo apremio de los propietarios de mercancías en ceder una parte de su producto por la circulación del dinero resulta ser para aquellos una razón para exigir tales intereses. “Si necesitáis dinero para el intercambio de vuestros productos – aquí está, encerrado en nuestras arcas. Si queréis retribuirnos

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por su uso, si estáis dispuestos a pagarnos intereses, podéis obtenerlo al 4 % anual. De lo contrario, lo encerramos y ved como os arregláis. Nuestra condición es: pagadnos intereses. Reflexionad sobre la propuesta; nosotros podemos esperar, porque la naturaleza de nuestro dinero no nos obliga a desprendernos de él”.

El caso está claro. Dependía de los poseedores del dinero que el comercio se arreglara con o sin dinero. Además, el uso del dinero se hacía inevitable, puesto que el Estado cobra los impuestos solamente en forma de dinero, de modo que los tenedores del mismo, en cualquier momento, podían extorsionar intereses. Es exactamente el caso del puente construído sobre un río que cruzaba un mercado. El puente era el paso obligado para personas y mercaderías entre ambas mitades del mercado, y el empleado aduanero que lo vigilaba podía abrirlo o cerrarlo, facultad que le permitía exigir derechos sobre toda la mercadería.

El interés era por lo tanto un impuesto, un derecho de tránsito, que los productores tenían que pagar a los poseedores del dinero, para poder utilizar ese medio de intercambio. “Sin interés no hay dinero” era el lema. Sin dinero no hay intercambio de mercaderías. Sin intercambio de mercaderías no hay trabajo. Sin trabajo habrá hambre. Pero antes que sufrir hambre, pagaremos más bien intereses.

Luego la virtud del dinero tradicional de producir interés no era “prestada” o “traspasada”, era mejor dicho, una cualidad inherente al mismo dinero, y tenía su razón de ser en el hecho de haberse elegido para la fabricación del dinero un material que entre todos los de la tierra ocupa una posición privilegiada, dado que puede conservarse intacta, durante un tiempo indefinido y sin gasto alguno, mientras todos los demás productos de la actividad humana, todas las mercancías sin excepción alguna, se gastan o se oxidan, se rompen o se pudren, pasan de moda, etc.

Es, por fin, comprensible el por qué se canjeaba un campo por una cantidad de dinero. Ambas cosas, el campo y el dinero devengaban una renta cada uno por su propia potencia. Sólo requeríase el dinero necesario para igualar la renta del campo con el interés del dinero; esto hacía factible el intercambio de ambos objetos. Quiere decir, que el campo y el dinero eran dos magnitudes perfectamente comparables y conmensurables. Así como no se puede hablar de una virtud “traspasada” o “prestada” al campo para producir interés, tampoco es posible hacerlo con respecto al dinero.

Esa frase hueca y estéril de la “virtud traspasada” me ha jugado, pues, una mala partida; una palabra sin sentido, que con tanta frecuencia ocupa el lugar de los conceptos, me había engatuzado.

¡De modo que el dinero, el medio de intercambio, sería en sí mismo un capital! Reflexionemos un momento, a dónde llegaríamos si convirtiésemos a un capital en medio de intercambio para todas las mercaderías.

1) El dinero solamente puede ser capital a expensas de las mercaderías, ya que ellas perciben aquellos derechos que lo convierten en capital.

2) Si las mercaderías tienen que pagar intereses, es imposible que sean capital; porque si lo fuesen al igual que el dinero, ni éllas ni éste podrían asumir el rol del capital, por lo menos dejarían de ser capitales en sus relaciones recíprocas.

3) Por lo tanto, si las mercancías en el comercio aparentan ser un capital, puesto que en el precio de venta se incluye, fuera del precio de costo y de la ganancia comercial, un interés sobre el capital, se debe explicar esto por el hecho de que tal interés ha sido deducido ya por el comerciante del precio

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de costo, descontándolo al obrero productor. La mercadería desempeñaría en este caso tan sólo el papel de cobrador del capital monetario. Si el precio de venta era de 10 pesos, siendo la ganancia 3 y el interés 1, entonces al obrero se le pagaban 6 pesos.

De lo cual resulta que todo el intercambio se desarrollaría sin la carga del interés, si el dinero, o sea el medio de intercambio, no tuviera el carácter de capital. Luego Proudhon tenía razón, pues siempre había sostenido tal cosa.

Consideremos ahora los efectos que un medio de intercambio, si fuera capital, produciría sobre la creación de medios de producción.

¿Cómo se consiguen los medios de producción (máquinas, vapores, materias primas, etc.)? ¿Acaso sucede aún que alguien pueda fabricar sus medios de producción con materias primas obtenidas de su propio suelo? Quizás en algún caso excepcional, pero, por regla general, tendrá que invertir una suma de dinero para procurarse los medios de producción. El capital invertido en la fundación de todas las empresas consiste en una cantidad de dinero que se encuentra asentada en la primera página del libro Mayor. Ahora bien, si el dinero que se invierte para esos medios de trabajo es en sí mismo capital, si los dueños del dinero, mediante una simple retención del mismo, pueden impedir la fundación de cualquier empresa, entonces, naturalmente, no adelantarán ningún dinero para empresas que no devenguen intereses. Esto es evidente y lógico. Si puedo ganar el 5 % comerciando un producto manufacturado, no me contentaré con menos ganancia en la fabricación; cuando se halla el mineral en la superficie terrestre, a nadie se le ocurriría construir galerías en el subsuelo.

Por este estado de cosas sólo se construía un número tal de casas que el monto de su alquiler bastaba para cubrir el interés general del dinero invertido. Si por casualidad había un exceso de construcciones, superando la oferta de viviendas a la demanda, entonces, los alquileres bajaban naturalmente, y las casas no rendían ya el interés exigido. Entonces eran despedidos los obreros de la construcción, y la edificación se interrumpía, hasta que la demanda de viviendas, por aumento de la población, repuntara de tal modo que los alquileres dieran nuevamente el mismo interés que el dinero. Recién entonces podía reanudarse la edificación.

Lo mismo sucedía con las empresas industriales. Si se habían creado tantas empresas que la demanda de obreros (que encarnan aquella) elevaba los salarios al extremo tal que el empresario ya no obtenía en la venta de los productos el interés del capital, entonces interrumpíase la fundación de nuevas empresas, hasta que, por el aumento de obreros y la consiguiente mayor oferta de brazos, los salarios bajaran y dieran lugar al interés monetario.

Por eso los medios de producción se nos presentaban como capital, pues su adquisición fué realizada por medio del capital monetario, el cual limitaba aquellos artificialmente en tal forma que siempre se encontraran en una posición dominante frente a los obreros. En general, había siempre menos medios de producción que obreros, de manera que ya la escasez de talleres determinaba un excedente de brazos que presionaba sobre el salario, manteniéndolo debajo del rendimiento del producto del trabajo.

(Todo esto, se comprende mejor todavía, si se considera al empresario como un prestamista que adelanta al trabajador el dinero necesario para la maquinaria y la materia prima, y al cual el obrero paga con sus productos).

Quiere decir, que el dinero dominaba incondicionalmente el intercambio de mercaderías y los medios de producción. Todo era tributario del dinero que se intercalaba entre el consumidor y el productor,

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entre el obrero y el empresario, separando a todos los que debían aspirar a unirse y explotando las dificultades así surgidas. El botín era el interés.

Ahora me explico también por qué con la libremoneda baja continuamente la tasa del interés, acercándose a cero. Ya no puede ser retirado el dinero del mercado. Sin tomar en cuenta el interés, es forzoso ofrecerlo, sea directamente a cambio de mercancías, sea en calidad de préstamo. Ya no puede interponerse entre los productores y consumidores, separándolos. Pese a su propio deseo, y sin considerar su ansia de lucro, debe cumplir con su misión, promover el intercambio. Ya no lo domina más como un ladrón o un dictador, sino que le sirve – hasta gratuitamente.

De ahora en adelante las mercancías no quedarán excluídas del mercado, ni los obreros holgarán cuando baja la tasa del interés; sin siquiera tomarla en cuenta realízase el intercambio de productos.

Y donde se trabaja con tanta constancia, allí se está ahorrando. Cantidades fabulosas se apartan para llevarlas a las cajas de ahorro u ofrecerlas en préstamo. Y si esto se hace año trás año, si los obreros, por falta de crisis, ya no se ven obligados a recurrir a sus ahorros, entonces, forzosamente llegará un momento en que el dinero ofrecido por las Cajas de Ahorro no encuentre interesados, lo que significa: sobrante de casas y escasez de inquilinos, abundancia de fábricas y escasez de obreros. Luego, ¿para qué seguir construyendo, si a duras penas podemos pagar los intereses? Pero entonces dirá la Caja de Ahorro: no podemos permitir que el dinero quede inactivo, no podemos guardarlo simplemente en la caja. El dinero nos obliga a prestarlo. Ya no pedimos precisamente el 5, 4 ó 3 %; estamos dispuestos a entablar negociaciones. Si nosotros damos el dinero al 2 % (al 1 ó 0 %), entonces vosotros podréis rebajar correspondientemente el alquiler, y luego aquellos que se conformaban con una sola habitación podrán alquilar dos y los que ocupaban cinco habitaciones vivirán en diez. Y entonces podréis nuevamente edificar casas. La demanda existe, todo depende del precio. ¡Tomad, pues, el dinero al 2 %, si ya no podéis utilizarlo al 3 %! ¡Construíd casas, bajad los alquileres – no perderéis nada, pues os daremos dinero cada vez más barato! ¡Ni temáis que os falte el dinero; cuanto más nosotros bajemos el interés y vosotros el alquiler, tanto más grandes serán las sumas apartadas y llevadas a nuestras arcas por los que ahorran! Tampoco temáis de que se produzca un alza de precios motivada por las elevadas cantidades de dinero! Cada céntimo habrá sido retirado antes de la circulación, quedando invariada la cantidad del dinero. Los que ahorraban han producido y vendido más mercaderías de las que consumieron; luego hay un excedente de mercaderías que corresponde a la cantidad de dinero que os ofrecemos.

¡Tomad, pues, el dinero y desechad todo temor! Si baja el interés que devengan vuestras casas de alquiler, seguiremos con la tasa, aunque baje a cero, pues aún sin ningún interés debemos prestar el dinero ¿habéis comprendido? ¡Estamos obligados a ello! Pero no sólo lo estamos nosotros, también vosotros lo estáis. Si, por ejemplo, no desearíais aumentar las construcciones, alegando que las existentes sobran, y si por esa razón rechazarais nuestra oferta de dinero, entonces os advertiríamos que hay otros empresarios que no tienen casas y no necesitan tomar consideración alguna. Les daríamos a ellos el dinero para edificar, y quieras que no levantarán construcciones nuevas, os convenga o no la renta de las casas.

Lo mismo sucederá con las empresas industriales. Si el dinero se consigue al 0 %, ningún empresario podrá ya obtener intereses de su empresa, ni rebajando el salario ni aumentando los precios, pues así lo quiere la ley de competencia.

De este modo los hechos han demostrado una vez más, ser ellos los mejores maestros. Todas nuestras conjeturas sobre el origen del interés no han servido de nada, porque nos faltaba el punto de

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comparación. Pero ahora la libremoneda nos permite hacer comparaciones, y en seguida hemos hallado lo que en vano buscábamos. Por cierto, la explicación del interés es todavía incompleta; pero hemos encontrado ya el hilo que nos permitirá sacar el ovillo de estos fenómenos. Hay que seguir el hilo; es un simple trabajo mecánico que queda por hacer, nada más. (NOTA: El lector encontrará la teoría del interés prolijamente expuesta en la tercera parte (la teoría libremonetaria del interés)).

(1) He tomado esta terminología del libro de Boehm-Bawerk “El interés del Capital a través de la historia”.

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