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El Orden Económico Natural: Introducción

El Orden Económico Natural: Introducción

Las características de la moneda metálica de nuestra época son completamente iguales a las de la moneda que ya en la antigüedad facilitaba el intercambio de las mercancías. Así se explica que las monedas encontradas entre los escombros de Atenas, Roma y Cartago equivalgan a las que circulan actualmente en Europa o América. Haciendo caso omiso de posibles diferencias de quilate, un kilogramo de monedas con el sello de los césares romanos equivale a un kilogramo de monedas terminadas de acuñar en Europa o América. Todas las cualidades de aquella moneda que Licurgo dé Esparta condenó, las tiene en forma idéntica nuestra moneda, y esta es, quizás, la única institución del Estado que desde la antigüedad más remota se ha conservado intacta hasta nuestra época.

Sin embargo, nuestros conocimientos acerca de la esencia del dinero no responden, de ningún modo, a tan venerable antigüedad de nuestra moneda. No es nuestro ánimo discutir el radicalismo de Licurgo, consistente en la destrucción de la moneda metálica, al comprender que esta divide al pueblo en ricos y pobres envenenando, así, toda la vida social. Pero hasta ahora no se ha avanzado mucho más allá que Licurgo en el reconocimiento del mal que se atribuye al oro. Nos conformamos siempre con la exclamación de Pitágoras: “Honor a Licurgo, quien condenó al oro y a la plata, los causantes de todos los crímenes”. Desconcertados repetimos todavía con Goethe: “Del oro depende todo; hacia el oro corren todos. ¡Pobres de nosotros!” Y de ahí no pasamos. Cuándo se inquiere, ¿cuál es el mal del oro? y ¿a qué se debe que el oro sea una maldición para la humanidad?, todos enmudecen. Estas preguntas desconciertan a los mismos sabios en la materia, a tal punto que prefieren ignorar sencillamente a Licurgo y a Pitágoras, atribuyendo sus ideas sobre el mal del oro a observaciones imprecisas. Así se moteja de chapucero monetario al Moisés espartano y de iluso al gran matemático.

Este fracaso de la ciencia no es, sin embargo, una consecuencia de la falta de comprensión del espíritu humano, sino más bien del resultado de condiciones objetivas que entran en juego y que no favorecen la investigación científica de la teoría monetaria.

En primer lugar es el asunto mismo el que causa aversión a la mayoría de la gente. Hay ocupaciones más divertidas para los espíritus de alto vuelo y de naturaleza distinguida. La religión, las ciencias naturales, la astrología, etc., todo esto es infinitamente más grato y más promisor que la investigación sobre la moneda. Sólo un matemático sobrio puede sentir atracción por esa hijastra de la ciencia, lo cual explica que aun se cuenten con los dedos los investigadores que tuvieron la honra de penetrar muy adentro en este intrincado terreno.

10 Si a esto agregamos la manera desacertado con que hasta ahora se ha pretendido tratar científicamente la cuestión monetaria. Si tenemos presente, además, que en ella se introdujo la creencia en el valor intrínseco felizmente por extinguirse comprenderemos por qué iba en aumento cada vez más el menosprecio general por ésta rama de la ciencia. La cuestión monetaria está desacreditada a causa del trato confuso que le han dispensado los eruditos, y ello nos explica el desinterés de la opinión pública por esta cuestión de tan vital importancia para el desenvolvimiento de la humanidad. (Las publicaciones, hoy ya olvidadas, sobre el bimetalismo constituyen una honrosa excepción). Para la gran mayoría del pueblo, en efecto, el dinero amonedado no es, hoy por hoy, más que cierta cantidad de oro fino; y no obstante, para el mismo pueblo el oro, como metal, es un material de escasa significación. Desde que el objeto de la teoría monetaria se ha tenido en poca estima, nadie se interesa por literatura monetaria y el riesgo de publicar obras de esta naturaleza no escapa a la mayoría de los editores. Cabe suponer que mucho y bueno se haya escrito sobre la materia sin que, por la razón apuntada, se hubiera podido publicar. Esta es otra razón mas que aparta a los investigadores de la cuestión monetaria.

Por cierto que la regla tiene sus excepciones. Las obras de nuestros profesores universitarios, por los menos adquiridas por los estudiantes y las bibliotecas públicas, suelen ser costeadas por los editores, pero las publicaciones de esta índole se encuentran con la valla de que los problemas que afectan los intereses creados, han de ser eliminadas de la enseñanza universitaria. Así es como estas obras, dado su destino nunca pueden penetrar hondo en los misterios de esta ciencia. Con el dinero sucede lo mismo que con las teorías de la renta territorial, del interés y salario respectivamente; y un profesor universitario que se atreviese a tocar el fondo político de estos problemas convertiría su aula pronto en un verdadero campo de batalla donde sé repartiesen palos de ciego. No; cuestiones que se prestan a la discusión política, las teorías del salario, de la renta territorial, del interés y del dinero, no tienen, en efecto, nada que hacer en las universidades. Consecuentemente, esta ciencia tiene, pues, que atrofiarse en manos de nuestros catedráticos. El “hasta aquí, y no más” se les opone siempre que intenten escarbar más hondo (1).

A estas dificultades exteriores agrégase el hecho de que la investigación de materia tan delicada requiere conocimientos que sólo se adquieren en la práctica del comercio, y el comercio, por lo general, atrae e interesa únicamente a quienes huyen de las investigaciones de tinte escolástico. El comercio exige hombres de acción y no curiosos ni investigadores. Pero aparte de todo, ¿cuánto hace que el comercio se consideraba ocupación sospechosa (Mercurio, Dios de los comerciantes y ladrones) a la cual se dedicaban con preferencia aquellos jóvenes que fracasaban en la escuela? A los hijos inteligentes se les obligaba a “estudiar”; a los otros se les destinaba al comercio.

No ha de extrañar, entonces, que nuestra moneda metálica, cuyo uso data desde hace 4000 años atrás y que durante 200 generaciones ha rodado por entre las manos de millares de millones de hombres, aún hoy, carezca de una definición conceptual o de una teoría sólida, no obstante que vivimos en la época de los procedimientos científicos en todos los ramos del vivir, y que el tratamiento público del dinero se rija en todo el mundo de acuerdo con las normas dictadas por la rutina.

La falta de una teoría monetaria sólida explica también por qué, hasta hoy, no hemos podido justificar suficientemente el fenómeno del “Interés”. Y es curioso que desde hace 4000 años 11 pagamos y percibimos intereses al capital por innumerables miles de millones sin que la ciencia supiera responder a la pregunta: De dónde y por qué percibe el capitalista intereses? (2).

Ciertamente no faltaron ensayos explicativos; los favoreció el propio fenómeno que ya ostenta públicamente su carácter del perturbador general, y por ello llamó sobre sí la atención de la ciencia y del público en forma muy distinta que el dinero. Todo economista de renombre se ha ocupado del “interés”, y especialmente lo hicieron los socialistas cuyo único afán es, en el fondo, la lucha contra el interés.

Pero, no obstante los muchos y celosos empeños para dilucidarlo, el problema referente a la naturaleza del interés quedó sin solución.

La razón de este fracaso no radica en la dificultad que ofrece la materia, sino simplemente en el hecho de que el interés del capital (el interés de los préstamos en general, así como la renta de los capitales reales) es una creación o un producto mediato del carácter tradicional del dinero, y que, por consiguiente, no puede ser explicado científicamente sino mediante la teoría del dinero. Así como el interés y el dinero son, en apariencia, amigos inseparables, de la misma manera están íntimamente vinculados en el aspecto teórico. No hay investigación posible sobre el interés sin una aclaración detallada de la naturaleza del dinero. La teoría del interés puede derivarse exclusivamente de la teoría del dinero.

Los estudiosos del interés, por las razones ya expuestas, siempre han pasado por alto las investigaciones sobre el dinero. Carlos Marx, por ejemplo, no ha dedicado cinco minutos de reflexión a la teoría del dinero, lo que atestiguan sus tres gruesos volúmenes “El Capital” que tratan del interés. Proudhon, en cambio, al no descuidar tanto el dinero, se ha aproximado más a la solución del problema del interés.

En el presente estudio, que se inició accidentalmente y que ha sido dirigido y fomentado por circunstancias extrínsecas felices, ofrezco, pues, a la ciencia, al comercio y a la política, la teoría tan largamente anhelada del dinero y del interés.

He investigado sobre una materia que mucho se presta a la discusión. ¿Podía, acaso, imaginar y evitar que mi hallazgo se prestara finalmente a revolucionar el orden social? Silvio Gesell Escrito en verano de 1911.

(1) Téngase en cuenta que estas observaciones fueron escritas en 1911.

(2) v. Boehm-Bawerk, Historia y críticas de las teorías del interés y del capital.

[goodbye]apocalipsis[/goodbye]

 

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