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El Orden Económico Natural: La renta de las materias primas y de los terrenos para edificar y su relación con la ley general del salario

El Orden Económico Natural: La renta de las materias primas y de los terrenos para edificar y su relación con la ley general del salario

Sea que el trigo provenga del Canadá, de la Argentina o de la Siberia o del campo del vecino (Alemania) se trate del trigo gravado con derechos del atormentado emigrante, o del cereal protegido por derechos diferenciales del mofletudo chacarero pomeranio ¿qué le interesa eso al molinero? Si la calidad es la misma, el precio también será igual.

Exactamente lo mismo sucede con todas las demás cosas. Nadie averigua el costo de la mercadería, a todos les es indiferente de donde provienen las mercancías que tientan al comprador. Si uno de los productores ha enriquecido con ellas y el otro se ha arruinado – si la calidad es igual, el precio es el mismo. Este hecho se nos presenta con la mayor evidencia en las monedas. ¿Quién indagará dónde, cuándo y cómo ha sido obtenido el oro con el que se acuñan las monedas? En unas está pegada la sangre del enemigo muerto y despojado, en otras el sudor del buscador de oro, pero todas circulan sin diferenciación.

Por desiguales que sean los costos de producción de las diferentes mercancías que compiten entre sí, el precio es siempre el mismo.

Esto lo sabe todo aquel que necesite materia prima, y a su vez lo sabe también el propietario del suelo donde se encuentran o pueden producirse esas materias primas.

Si entonces por ejemplo un municipio necesita adoquines para una nueva calle, el dueño de la cantera más cercana calcula de inmediato la distancia que media entro la nueva calle y la cantera disponible más próxima con adoquines iguales. Luego calcula el precio del acarreo desde allí al lugar de empleo, y ya está listo el precio. Y ése será el precio que tendrá que abonar el municipio, pues recién a partir de él puede iniciarse la competencia, que es la que finalmente fija los precios. (El salario en la cantera no necesita considerarse ya que se lo supone igual para ambas fuentes de producción.) Pero si la competencia falta por completo, es decir si no existe una cantera libre a una distancia razonable, y en consecuencia el propietario exige precios excesivamente elevados por sus adoquines, entrarán en competencia los materiales reemplazantes, o sea en este caso el afirmado de madera, macadam, canto rodado, asfalto, cemento armado, ferrocarril o bien se desiste de la construcción del camino.

En este último caso sería el provecho que la ciudad espera obtener de la construcción del nuevo camino, primero y último competidor del dueño de la cantera.

Y exactamente en la misma forma que en el caso de los adoquines se reproducen los hechos, sin excepción, con todas las demás materias primas. Sea que un empresario necesite calizas para su fábrica de cemento, arcilla para un horno de ladrillos, cal, arena, carbón, petróleo, agua mineral, aire para su molino de viento, sol para su solario, sombra para su casa-quinta, calor para sus parras, frío para su pista de patinaje, siempre y en todos los casos el propietario -cuyo suelo ha sido favorecido con estos dones de la naturaleza- se los hará pagar, exactamente igual que el dueño de la cantera mencionada más arriba, y siempre exactamente de acuerdo con los mismos principios.

Las circunstancias podrán variar de caso a caso, la competencia de los sustitutos podrá en ciertas oportunidades frenar el afán de lucro del propietario a límites más estrechos que en otras, pero a la postre siempre y en todas partes se manifiesta la misma ley, por la que el terrateniente explota en su provecho todas las ventajas que los productos, la situación, la naturaleza de su propiedad le ofrecen, 52 de tal modo que el comprador podrá calcular por su trabajo únicamente un importe tal, como si tuviese que traer esas materias primas de los páramos, de los desiertos o de la libre tierra.

De estas consideraciones resulta un principio muy importante para la ley general de salarios : La producción de los yacimientos peores, más alejados y por ende frecuentemente sin dueño, recargada con todos los gastos de transporte y con los mismos salarios que deben abonar las demás fuentes de producción, es determinante para la formación del precio de esas materias primas. Los importes que los propietarios de los yacimientos privilegiados economizan en gastos de explotación, constituyen la renta.

El consumidor tendrá que pagar siempre todos los productos de la tierra, todas las materias primas, como si a costa de grandes gastos fuesen producidos en páramos abandonados, tendrían que ser transportados desde las lejanas tierras sin dueño.

Si la producción del suelo de peores condiciones correspondiese a la medida mínima de lo que el hombre necesita para su vida, entonces se cumplirían con la propiedad particular todas las condiciones previas para el imperio de la “ley de bronce” de los salarios; pero, como ya se ha dicho, no es así. Por eso, y sólo por eso el salario puede distanciarse de ese mínimo.

Siguiendo exactamente el mismo principio, aunque determinada por otras circunstancias, se forma la renta territorial urbana, cuyo monto alcanza, en los estados industriales de nuestra época, casi el nivel de la renta rural.

Así, por ejemplo, la extensión sobre la que está construída Berlín, ha sido avaluada en el año 1901 en 2911 millones (v. Deutsche Volksstimme 12, 1904) suma que al 4 % corresponde a una renta del suelo de 116 millones. Este importe distribuído sobre los 4 millones de hectáreas de la provincia de Brandeburgo ya equivale por sí solo a una renta aproximada de 30 Marcos por hectárea. Si se le agregara aún la renta territorial de las demás ciudades de la provincia, se alcanzarían posiblemente los 40 Marcos por hectárea, importe que, teniendo en cuenta la escasa productividad del suelo, las grandes extensiones de agua, pantanos y bosques, posiblemente sobrepasará ya el término medio de la renta rural. Si bien es cierto que la provincia de Brandeburgo, por la escasa fertilidad de su suelo y por la capital del Reich, ocupa una posición excepcional, estas cifras demuestran ya la importancia alcanzada hoy en día por la renta territorial en las ciudades.

Seguramente estos datos sorprenderán a muchos, y como alguien ya ha observado con mucho acierto, puede dudarse si los grandes latifundios, medidos por el rendimiento en intereses, han de buscarse hoy todavía en la Sílesia o acaso en el mismo Berlín.

¿Cómo se explica este fenómeno curioso? ¿Cuál es el factor que determina el nivel de la renta de los solares urbanos? ¿En qué relación se encuentra ésta con la ley general del salario? En primer término tendremos que responder aquí al interrogante de : ¿qué es lo que induce a la gente a agolparse en las ciudades, a pesar de la elevada renta del suelo, y por qué no se dispersa por la campaña? Pues, de acuerdo con los datos indicados más arriba, la renta territorial para los habitantes de Berlín se eleva a 58 Marcos por cabeza, o sea para una familia de 5 miembros, término medio 290 Marcos anuales, un gasto que en el campo prácticamente no existe, pues la renta rural del suelo que debe calcularse para la vivienda se paga por si sola con creces con las materias fertilizantes de la familia. Aparte de esto hay que agregar todas las ventajas higiénicas que brinda la vida de campo y las condiciones miserables de las viviendas en la ciudad a pesar del elevado costo de las mismas. Ha de haber, pues, razones muy poderosas, las que, a pesar de todo, le dan la preferencia a la ciudad.

53 Si consideramos compensadas las “ventajas sociales” de la ciudad con sus inconvenientes (aire viciado, polvo atmosférico, ruidos molestos y toda esa infinita cantidad de “ofensas” a nuestros sentidos), restan solamente las ventajas económicas que brinda la ciudad para justificar el excedente de gastos de una familia berlinesa. La interdependencia de las diferentes industrias, la ayuda recíproca que una fracción ofrece a la otra, debe producir al artesano aislado en la campaña ventajas tales, que compensan los 116 millones de la renta territorial. Si no fuese así, resultaría inexplicable la expansión que las ciudades han experimentado.

En la campaña no puede desarrollarse una industria que, por su carácter estacional, emplee hoy muchos, mañana pocos o ningún obrero, pues el trabajador tiene que estar ocupado durante todo el año. En la ciudad las necesidades variables en obreros se compensan más o menos en los diferentes oficios, de modo que si un establecimiento los despide, el otro los necesita. Por ello el obrero de la ciudad tiene mayor protección contra la desocupación que el del campo.

Además, en los distritos rurales le falta al empresario el intercambio de ideas, el estímulo que proviene del contacto con los demás industriales.

Hasta los mismos operarios, que en los diferentes establecimientos llegan a conocer los más variados procedimientos industriales, que luego aplican y aseguran al industrial una considerable ventaja frente a su competidor de la campaña. Éste, que está completamente librado a sí mismo y cuyos obreros se ven privados de la relación con otros obreros de otras fábricas, de otros países, puede fácilmente estancarse en las viejas prácticas de sus antepasados. Por otra parte, frecuentemente suele faltarle el mercado para sus productos, que la ciudad ofrece en medida muy superior al empresario, pues aquí los compradores afluyen de todos los ámbitos del país y del mundo, por la sencilla razón de que aquí, en un espacio reducido, hallan todo cuanto necesitan. El empresario de la ciudad es visitado por compradores de todos los países, que le hacen conocer los deseos especiales de los consumidores, le dan valiosos informes referentes a las condiciones de la plaza, precios, etc. De todo esto se ve privado el competidor rural. En lugar de recibir la visita de los compradores, debe realizar él mismo viajes, sacrificar tiempo y dinero, para visitar a su clientela; dando grandes rodeos, que con frecuencia dejan mucho que desear en lo que se refiere a exactitud, debe obtener sus informes sobre los precios de las materias primas, condiciones de las plazas en el extranjero, la solidez financiera de los clientes, etc.

Además, de todos las materias que necesita para su industria debe tener un “stock” mucho mayor en depósito que su competidor de la ciudad, que puede comprar allí todo a medida que lo necesita, y si al del campo, por un descuido se le agota repentinamente algún material necesario, aunque sólo sea un tornillo, es posible que tenga que detenerse todo el establecimiento a la espera de que lo necesitado sea traído desde la “ciudad”. Si en alguna máquina se produce un desperfecto, tiene que venir un mecánico de la “ciudad”, con sus herramientas para reparar el inconveniente, y hasta que llegue, está detenido todo el trabajo.

En resumen, los inconvenientes en su fábrica son tantos, entre sus obreros, en la compra de la materia prima, en la venta de la mercancía terminada, que al industrial del campo, que tiene que competir con el de la ciudad, le es imposible pagar los mismos salarios que en ésta, de modo que todo lo que él y sus obreros economizan en renta territorial lo vuelven a perder en rendimiento de su trabajo.

Y así se observa que en el campo se desarrollan únicamente aquellas industrias cuyas necesidades espaciales son tan grandes que las desventajas enunciadas son compensadas por la economía en renta territorial, o que por su naturaleza no pueden ser ejercidas en la ciudad (aserraderos, fábricas de ladrillos, establecimientos metalúrgicos) o que han sido prohibidas allí por razones sanitarias (hornos 54 de cal, fábricas de pólvora, curtiembres, etc.) o bien aquellas otras cuyo funcionamiento es tan sencillo que no requieren la presencia del propietario, que en consecuencia puede trasladar la dirección comercial a la ciudad. Pero por lo general la ciudad es la que tiene la preferencia.

Sabemos, pues, de donde provienen los medios para pagar los 116 millones de renta del suelo de la ciudad de Berlín, y sabemos asimismo donde se halla el límite para el desarrollo de las ciudades. Las ventajas del trabajo en sociedad han sido traducidas aquí en moneda contante y son cobradas por los rentistas en provecho propio.

Si crece la ciudad aumentan sus ventajas económicas y crece también la renta del suelo; si la renta no aumenta en proporción con las ventajas de la ciudad, el crecimiento de ésta es interrumpido.

¿Quieres disfrutar de las ventajas que la ciudad te ofrece para tu industria? Paga, entonces, por esas ventajas a los rentistas territoriales; de lo contrario, si quieres economizar estos gastos, puedes abrir tu taller, tu negocio, tu salón de bailes, allí afuera, en el bosque, en el campo. Calcula qué es lo que más te conviene y obra de acuerdo con esa conveniencia. Nadie te impide instalarte a las puertas de la ciudad. Si puedes conseguir que tu clientela haga el largo camino hasta allí, a través de la nieve, del polvo, del barro y de la lluvia, para pagar allá afuera el mismo precio que en el centro de la ciudad, tanto mejor para ti. Si no lo crees probable, paga la renta del suelo e instálate en la ciudad.

Pero también lo puedes probar en otra forma -vende tus mercancías allá afuera a precios más baratos. Alguna clientela se llegará siempre hasta tu negocio atraída por los precios más bajos, pero ¿adónde está la ventaja si pagas la renta en forma de rebajas de precios? De modo que se repite siempre la misma ley. Exactamente igual que en la renta territorial rural, o de las materias primas. Todas las ventajas de la ciudad (entre las que hay que citar también la división del trabajo), del trabajo en sociedad, son absorbidas por la renta del suelo. Así como el trigo alemán es vendido a precios como si hubiese crecido en la Siberia y hubiese pagado un derecho de importación en la frontera, del mismo modo las mercancías producidas en la ciudad deben ser adquiridas a precios tales, como si estuviesen recargadas con todos los inconvenientes, transformados en moneda, de una producción dispersada por todo el territorio de la nación.

La renta territorial rural toma para sí por anticipado todas las ventajas de la situación y de la naturaleza, le deja al colono los campos yermos y desiertos; la renta territorial de los solares urbanos exige para sí, todas las ventajas de la sociedad, de la cooperación, de la vida más refinada, del Estado; ella es la que rebaja la capacidad del rendimiento de la industria y del comercio de la ciudad al nivel del productor aislado en la campaña.

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